Una Familia Improvisada
Salitre, Secretos y el Brillo del Infinito
El brazo de Satoru Gojo estaba envuelto en un vendaje impecable, una obra de arte de Shoko que ocultaba una quemadura profunda provocada por una maldición de grado especial que se había creído más lista que el "Más Fuerte". Satoru, como siempre, le restaba importancia, flotando a unos centímetros del suelo de la cocina mientras intentaba robar un trozo de sandía antes de que estuviera lista.
—¡Satoru! —el grito de Shoko fue seguido por el impacto de una cuchara de madera contra su mano sana—. Si vuelves a usar el Infinito para evitar que te regañe por tus heridas, te juro que la próxima vez dejaré que la infección siga su curso. ¿Tienes idea de lo que significa "reposo"?
—Significa "haz lo que quieras pero con estilo", ¿no? —respondió él con una sonrisa radiante, bajando al suelo—. Además, ya no duele. Tu técnica inversa es tan buena que casi me siento mal por no tener más cicatrices para que las cures.
Shoko soltó un suspiro cargado de humo, aunque no estaba fumando. Se acercó a él, acortando esa distancia que solo ellos dos se permitían romper. Le ajustó el vendaje con una brusquedad que ocultaba una ternura infinita.
—Casi te arrancan el brazo, idiota —susurró ella, bajando la guardia—. Megumi te vio llegar ensangrentado. Tsumiki estuvo llorando hasta que le aseguré que estarías bien. No puedes seguir haciendo esto como si no tuvieras a nadie esperándote.
Satoru guardó silencio. Sus Seis Ojos captaron el ligero temblor en las manos de Shoko. La relación entre ambos había pasado de ser un apoyo mutuo a un vínculo profundo y físico hacía apenas unos meses, pero el ritmo frenético de la hechicería y la carga de los niños Fushiguro les había impedido ponerle un nombre oficial frente a los demás. Eran "Satoru y Shoko", los pilares, pero no eran "pareja" ante los ojos del mundo. No todavía.
—Tienes razón —dijo él, rodeando la cintura de ella con su brazo sano y apoyando la frente contra la suya—. Lo siento. Me distraje pensando en lo que vendría después.
—¿Y qué es lo que viene después? —preguntó ella, suavizando la mirada.
—Unas vacaciones. Y un anuncio.
***
La playa privada en la costa de Okinawa era un paraíso de arena blanca y aguas tan cristalinas que parecían hechas de cristal líquido. Satoru había movido hilos (y gastado una cantidad obscena de yenes) para asegurar que el lugar fuera completamente exclusivo. No quería interrupciones, ni misiones, ni ancianos del consejo quejándose por su presupuesto.
—Esto es un exceso, incluso para ti, Gojo —comentó Nanami Kento, ajustándose sus gafas de sol mientras observaba el horizonte. Vestía una camisa de lino impecable, negándose rotundamente a ponerse un bañador—. ¿Por qué estamos todos aquí? Tengo informes pendientes.
—¡Oh, relájate, Nanamin! —exclamó Satoru, que llevaba una camisa hawaiana abierta y un sombrero de paja—. El trabajo acumulado es una maldición de grado especial que solo se cura con vitamina D y cócteles con sombrillitas.
A unos metros, Tsumiki corría por la orilla, riendo mientras intentaba esquivar las olas. Megumi, por el contrario, estaba sentado bajo una sombrilla, intentando leer un libro sobre teoría de sombras, aunque sus ojos no dejaban de desviarse hacia los Perros de Jade que jugaban a perseguir cangrejos en la arena.
—¡Utahime! ¡No te pongas tanto protector solar, vas a parecer un fantasma! —gritó Satoru hacia la zona de las hamacas.
—¡Cállate, Gojo! —respondió Utahime Iori, quien ya estaba irritada por el simple hecho de compartir oxígeno con él—. ¡Mi piel es delicada, a diferencia de tu cerebro!
Mei Mei, recostada en una tumbona de lujo con una copa de champán en la mano, observaba la escena con una sonrisa calculadora.
—Satoru, espero que el "anuncio" que prometiste valga el tiempo que estoy perdiendo de generar intereses en la bolsa —dijo la mujer de cabellos plateados—. Mi presencia no es barata, incluso en vacaciones.
Shoko salió de la cabaña principal, luciendo un vestido de playa ligero y unas gafas de sol oscuras. Se acercó a Satoru y le entregó una bebida fría. El roce de sus manos fue breve, pero Nanami, con su agudeza habitual, no pasó por alto la forma en que los ojos de Satoru se iluminaron al verla.
—¿Todo listo? —preguntó Shoko en voz baja.
—Casi. Solo necesito que dejen de pelearse por un segundo —respondió él.
La tarde transcurrió entre risas, juegos en el agua y la inusual estampa de Nanami intentando explicarle a Megumi las leyes de la termodinámica aplicadas al helado que se derretía. Utahime terminó jugando con Tsumiki a construir castillos de arena, olvidando por un momento su odio hacia Satoru, mientras Shoko y Mei Mei compartían confidencias sobre lo difícil que era mantener la cordura en un mundo lleno de hombres con complejos de Dios.
Cuando el sol comenzó a descender, tiñendo el cielo de un color naranja fuego y violeta profundo, Satoru pidió a todos que se reunieran cerca de una hoguera que ya empezaba a chisporrotear.
—Muy bien, familia —comenzó Satoru, poniéndose de pie. Ya no llevaba las gafas, y la luz del atardecer hacía que sus ojos parecieran dos joyas brillantes—. Sé que todos se preguntan por qué el gran Gojo Satoru los ha traído a este rincón del mundo.
—Para presumir de tu cuenta bancaria, supongo —interrumpió Utahime.
—Aparte de eso —rio Satoru—. El último año ha sido... intenso. Perdimos a gente, ganamos responsabilidades —miró a Megumi y Tsumiki con una ternura que hizo que el niño bajara la vista, avergonzado— y hemos estado luchando misiones que nos dejan cicatrices, tanto físicas como de las otras.
Hizo una pausa, mirando a Shoko, quien estaba sentada a su lado. Ella le dedicó un pequeño asentimiento, dándole el valor que incluso el poseedor del Ilimitado necesitaba en ese momento.
—A menudo me preguntan cómo es que sigo siendo el más fuerte —continuó Satoru—. Y la respuesta siempre ha sido mi técnica. Pero la verdad es que nadie puede ser fuerte solo. Necesitas un lugar al que volver. Necesitas a alguien que te diga que eres un idiota cuando te dejas herir el brazo por un descuido.
Nanami arqueó una ceja. Utahime dejó de jugar con su collar. El ambiente se volvió expectante.
—Shoko y yo... —Satoru tomó la mano de ella y la levantó frente a todos, entrelazando sus dedos—. Llevamos un tiempo siendo ese lugar el uno para el otro. No solo como compañeros, ni solo como los tutores de estos niños. Somos pareja. Oficialmente. Y quería que lo supieran aquí, porque ustedes son lo más parecido a una familia que tenemos.
El silencio que siguió fue roto únicamente por el crujir de la madera en el fuego y el sonido de las olas.
—¡Ya era hora! —exclamó Utahime, rompiendo el hielo—. ¡Llevan mirándose como dos tontos desde 2006! Shoko, de verdad, no sé cómo lo aguantas, pero felicidades. Te mereces una medalla al valor.
—El valor de mercado de esta unión es incalculable —añadió Mei Mei, brindando con su copa vacía—. La estabilidad emocional del hechicero más fuerte asegura la estabilidad del mundo. Es una excelente noticia para mis inversiones.
Nanami dejó escapar un suspiro que parecía un alivio contenido.
—Felicidades, Ieiri-san. Gojo, espero que esto signifique que empezarás a ser más responsable. Ya no eres solo tú.
Satoru rió, sintiendo que un peso inmenso se levantaba de sus hombros. Pero la reacción que más le importaba era la de los niños.
Tsumiki se levantó y corrió hacia ellos, abrazando las piernas de ambos con fuerza.
—¡Lo sabía! —gritó la niña con alegría—. ¡Sabía que Shoko-san se quedaría con nosotros para siempre!
Megumi se quedó sentado, mirando el fuego. Luego, se puso de pie y se acercó lentamente. Se detuvo frente a Satoru y Shoko, con las manos en los bolsillos y su habitual expresión severa, aunque sus ojos brillaban de una manera distinta.
—¿Eso significa que dejarás de intentar cocinar y que Shoko-san se encargará de la casa de verdad? —preguntó el niño.
—¡Oye! —protestó Satoru—. ¡Mis tostadas no son tan malas!
—Son carbón, Gojo-san —sentenció Megumi. Luego, miró a Shoko—. Me alegra que seas tú. No creo que nadie más pueda soportarlo.
Shoko se inclinó y revolvió el cabello de Megumi, atrayéndolo hacia ella en un medio abrazo que el niño, por una vez, no rechazó.
—Gracias, Megumi. Te prometo que la comida mejorará a partir de ahora.
La noche continuó con una cena bajo las estrellas. La tensión habitual de los hechiceros se disolvió en bromas y anécdotas. Satoru y Shoko se mantuvieron cerca el uno del otro, compartiendo miradas y sonrisas que hablaban de un futuro que, por primera vez, no parecía una sucesión de batallas, sino un camino compartido.
Más tarde, cuando los niños se habían quedado dormidos en las hamacas y los demás se habían retirado a sus cabañas, Satoru y Shoko caminaron hacia la orilla del mar. El agua mojaba sus pies descalzos, fresca y revitalizante.
—¿Estás bien? —preguntó Shoko, apoyando la cabeza en el hombro de él.
—Mejor que nunca —respondió Satoru, rodeándola con su brazo—. Tenía miedo de que Megumi se sintiera extraño, o de que Utahime intentara exorcizarme por "corromperte".
—Utahime siempre quiere exorcizarte, eso no es novedad —rio ella—. Y los niños... ellos te quieren, Satoru. Te ven como su héroe, aunque seas un desastre. Y ahora nos ven como algo sólido. Eso es lo que más necesitan.
Satoru se detuvo y la obligó a girarse para quedar frente a él. La luz de la luna se reflejaba en sus ojos azules, haciéndolos parecer dos fragmentos de cielo nocturno.
—Gracias por no dejarme solo en ese pedestal, Shoko —dijo con voz grave—. Sé que no soy fácil. Sé que mi brazo herido te asustó más de lo que admites.
—Me asustó porque no quiero imaginarme un mundo donde no estés para quejarte de mis cigarrillos —respondió ella, tomando su rostro entre sus manos—. No eres un Dios, Satoru. Eres un hombre. Mi hombre. Y voy a encargarme de que lo recuerdes cada vez que intentes hacerte el héroe solitario.
Satoru sonrió y la besó. Fue un beso que sabía a salitre, a libertad y a una promesa sellada bajo el infinito. Ya no había barreras, ni técnicas de espacio que los separaran. En esa playa privada, lejos de las maldiciones y las jerarquías, solo existían dos personas que habían decidido que el amor era la técnica más poderosa de todas.
—Oye, Shoko —susurró él contra sus labios.
—¿Qué?
—¿Crees que Nanami acepte ser el padrino si algún día decidimos casarnos?
Shoko soltó una carcajada que se mezcló con el sonido del mar.
—Probablemente nos cobraría por hora de ceremonia. Pero sí, creo que lo haría.
Caminaron de regreso hacia la cabaña, tomados de la mano. Al pasar junto a los niños dormidos, Satoru se detuvo un segundo para cubrir a Megumi con una manta. El niño se removió en sueños y, por un instante, su mano buscó la de Satoru antes de volver a relajarse.
Satoru miró a Shoko y supo que, a pesar de las sombras que acechaban en el futuro, a pesar de los Zenin y de las maldiciones que vendrían, este momento era inquebrantable. Había tomado al hijo del hombre que casi lo mata y le había dado una madre, un hogar y un destino diferente.
El más fuerte del mundo finalmente había encontrado su debilidad más hermosa: una familia. Y mientras caminaba hacia la cabaña con Shoko a su lado, Gojo Satoru sintió que, por primera vez en su vida, el Infinito no era una pared para aislarse, sino un espacio infinito para amar.
El verano de 2010 marcó el fin de una era de soledad para Satoru y el inicio de un legado que no se escribiría con sangre, sino con los pasos de dos niños corriendo por la arena y el humo de un cigarrillo compartido al amanecer. La hechicería seguiría siendo cruel, pero bajo el techo de cristal de su nuevo compromiso, la luz siempre encontraría una forma de entrar.