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Una Familia Improvisada

Entre el Acero y el Azahar

La noche en Tokio se sentía inusualmente densa, cargada de una humedad que se pegaba a la piel como una premonición. Sin embargo, dentro del apartamento de Roppongi, el mundo exterior parecía haber dejado de existir. Por primera vez en meses, el silencio no era un vacío incómodo, sino un refugio. Utahime se había llevado a Megumi y a Tsumiki a una función nocturna de cine animado, una promesa que la hechicera de Kioto había cumplido con una mezcla de entusiasmo y el deseo oculto de darles a Satoru y Shoko el espacio que tanto necesitaban.

En la penumbra de la habitación, solo iluminada por el resplandor difuso de las luces de la ciudad que se filtraban por los ventanales, Satoru y Shoko se encontraban en un espacio que no pertenecía a la hechicería ni al deber. Allí, Gojo Satoru no era el "Más Fuerte", el pilar inamovible del mundo jujutsu; era simplemente un hombre vulnerable. Y Shoko Ieiri no era la doctora impasible que lidiaba con la muerte a diario; era la mujer que, con un solo roce, podía calmar la tormenta infinita que rugía tras los Seis Ojos.

—¿Seguro que no te llamarán por alguna emergencia? —susurró Shoko, su voz apenas un aliento contra el cuello de Satoru.

—He dejado el teléfono en modo "si el mundo se acaba, que me envíen una postal" —respondió él, con una sonrisa suave que rara vez mostraba al mundo—. Esta noche es nuestra, Shoko. Solo nuestra.

Se entregaron el uno al otro con una intensidad que hablaba de años de palabras no dichas y de miedos compartidos. Fue un encuentro donde la técnica del Infinito se desactivó por completo, permitiendo que cada caricia, cada beso y cada suspiro quemara con una honestidad abrasadora. En la intimidad de esa entrega, sellaron un pacto silencioso: el de ser algo más que supervivientes. Se convirtieron en un solo ser, un refugio de carne y hueso contra la oscuridad que acechaba fuera de sus paredes. Fue, en todo sentido, el escalón definitivo que su relación necesitaba para dejar de ser un secreto a voces y convertirse en una verdad absoluta.

Sin embargo, la paz en la vida de un hechicero es siempre un préstamo con intereses altísimos.

Dos horas después, el sudor aún se enfriaba en sus cuerpos cuando el instinto de Satoru, agudizado por los Seis Ojos, captó una anomalía. Se sentó en la cama de golpe, con el cabello blanco revuelto y la mirada fija en la nada.

—Satoru... ¿qué pasa? —preguntó Shoko, incorporándose rápidamente mientras se cubría con las sábanas.

—Utahime —dijo él, su voz perdiendo toda la calidez de la alcoba—. Deberían haber regresado hace veinte minutos. El cine está a solo cuatro calles. No hay rastro de su energía maldita en las cercanías, pero hay un residuo... algo frío. Algo que no reconozco.

Shoko no necesitó más explicaciones. La complicidad entre ambos era tal que, en menos de tres minutos, ambos estaban vestidos. Satoru se ajustó la venda sobre los ojos con una eficiencia gélida, mientras Shoko guardaba un par de herramientas médicas y cuchillos imbuidos en energía maldita en su chaqueta.

Salieron al balcón. Satoru tomó a Shoko por la cintura y, en un parpadeo de su técnica de desplazamiento espacial, aparecieron en el distrito comercial. Las calles estaban desiertas, algo imposible para una noche de fin de semana en Tokio, a menos que se hubiera desplegado un "Velo".

—Allí —señaló Shoko hacia un callejón que conducía a una zona de construcción de un nuevo rascacielos.

Un estruendo metálico desgarró el aire. Vigas de acero de varias toneladas volaban por el cielo como si fueran plumas, retorciéndose en formas grotescas. En el centro del caos, Utahime Iori estaba de pie, con su traje de miko manchado de polvo y sangre, manteniendo una barrera defensiva con los brazos temblorosos. Detrás de ella, Megumi protegía a Tsumiki, con sus Perros de Jade gruñendo hacia las sombras, aunque el niño estaba visiblemente agotado.

Frente a ellos, una masa informe de metal líquido y chatarra se retorcía, cobrando una forma vagamente humana. Era una maldición de grado especial, una entidad nacida del miedo humano a la industria, al progreso frío y a ser aplastado por la maquinaria. Controlaba el magnetismo y el metal con una precisión aterradora.

—¡Utahime! —gritó Satoru, aterrizando frente a ellos como un meteoro.

—¡Llegas... tarde... idiota! —jadeó Utahime, colapsando sobre sus rodillas en cuanto sintió la presión del infinito de Gojo cubriéndolos.

—Shoko, saca a los niños de aquí. Ahora —ordenó Satoru sin mirar atrás. Su tono no admitía réplicas. Era la voz del hechicero más fuerte.

Shoko corrió hacia Tsumiki y Megumi.

—Vamos, pequeños, muévanse. Utahime, apóyate en mí —dijo Shoko, evaluando rápidamente las heridas superficiales de la miko.

—¡Gojo-san! —gritó Megumi, reacio a dejar la batalla.

—Megumi, cuida de tu hermana. Yo me encargo de esta basura —dijo Satoru, y por un segundo, se giró y le dedicó a Shoko una mirada que decía: "Terminaré esto rápido y volveremos a casa".

La maldición rugió, lanzando una lluvia de barras de refuerzo afiladas hacia Satoru. Él ni siquiera se movió. El Infinito detuvo cada proyectil a milímetros de su piel, dejándolos caer al suelo como juguetes rotos.

—¿Controlas el metal? —Satoru caminó hacia la criatura con una calma aterradora—. Interesante. Pero el metal sigue ocupando un lugar en el espacio. Y el espacio... el espacio me pertenece.

La batalla fue una exhibición de poder absoluto. La maldición intentó crear una jaula de acero alrededor de Gojo, comprimiendo toneladas de metal en un intento de aplastarlo, pero Satoru simplemente extendió un dedo.

—Resplandor Azul.

Un vacío de succión se generó en el centro de la masa metálica, haciendo que la maldición se colapsara sobre sí misma, crujiendo y chirriando mientras sus componentes se atomizaban. La criatura gritó, un sonido como el de metal raspando contra metal, e intentó una última ofensiva, transformando sus extremidades en cuchillas gigantescas.

Satoru esquivó con una elegancia casi perezosa. Estaba a punto de conjurar el "Rojo" para disipar la maldición por completo cuando, de repente, una presencia familiar hizo que su corazón se detuviera por un instante. Una presión que conocía mejor que la suya propia.

Desde las sombras de una viga superior, una figura descendió con la gracia de un ave de presa. Vestía una túnica budista que ondeaba con el viento nocturno, y su cabello largo y oscuro estaba parcialmente recogido.

—Es suficiente, Satoru. No desperdicies más energía en algo que puede ser útil —dijo la voz.

Una voz que Satoru había escuchado en sus sueños y en sus pesadillas.

Suguru Geto aterrizó justo al lado de la maldición de grado especial, que en ese momento estaba debilitada y frenética. Con una calma insultante, Suguru extendió la mano. La maldición se encogió, transformándose en una pequeña esfera negra de energía concentrada. Geto la tomó y, con un gesto de asco que no pudo ocultar, se la tragó.

Satoru se quedó paralizado. A unos metros de distancia, Shoko, que acababa de poner a salvo a los niños tras un muro de hormigón, se quedó petrificada al ver la figura en el centro del claro.

—¿Suguru? —el susurro de Shoko fue apenas audible, pero el nombre pesó más que todo el acero del lugar.

Geto se giró hacia ellos. Sus ojos, antes llenos de una calidez compartida en las tardes de la academia, ahora eran pozos de una ideología oscura y absoluta. Sin embargo, al mirar a Satoru y luego a Shoko, una chispa de algo antiguo y humano cruzó su rostro.

Satoru dio un paso adelante, con el "Rojo" ya formado en la punta de sus dedos, pero su mano temblaba ligeramente. No por miedo, sino por la agonía de ver a su otra mitad convertida en un extraño.

—¿Qué haces aquí, Suguru? —preguntó Satoru, su voz era un hilo de acero—. No me obligues a matarte esta noche. No frente a ellos.

Geto miró hacia donde estaban Megumi y Tsumiki. El niño de las sombras lo observaba con una mezcla de curiosidad y terror instintivo. Suguru esbozó una sonrisa triste, casi imperceptible.

—No he venido a pelear, Satoru. Solo he venido a recoger lo que el mundo de los "monos" ha creado para mí —dijo Geto, ajustándose la túnica—. El mundo está cambiando. Deberías considerar de qué lado quieres que crezcan esos niños.

Suguru comenzó a caminar hacia las sombras profundas del callejón. Satoru preparó su técnica, pero la imagen de Shoko y los niños detrás de él lo detuvo. Un enfrentamiento total entre ellos en ese lugar destruiría media ciudad.

Justo antes de desaparecer por completo en la oscuridad, Geto se detuvo. No se giró por completo, pero su perfil se recortó contra la luna.

—Satoru... Shoko... —dijo en un susurro que, gracias a los Seis Ojos, Gojo escuchó con una claridad dolorosa—. Felicidades.

Y con esa palabra, cargada de una bendición y una despedida, Suguru Geto se desvaneció.

El silencio volvió a reinar, pero ahora era un silencio roto, fragmentado por la revelación. Satoru dejó caer su mano al costado. El "Rojo" se disipó como humo. Se quedó allí, mirando el espacio vacío donde su mejor amigo había estado hace un segundo.

Shoko caminó hacia él, dejando a Utahime con los niños. Le puso una mano en la espalda, y Satoru pudo sentir que ella también estaba temblando.

—Él... él lo sabía —dijo Shoko, su voz quebrada—. Sabía lo nuestro. Sabía de los niños.

—Suguru siempre fue más observador de lo que admitía —respondió Satoru, recuperando su máscara de frialdad, aunque sus ojos tras la venda estaban llenos de una tormenta de emociones—. Pero ha elegido su camino. Y nosotros el nuestro.

Se giró hacia los niños. Megumi se acercó corriendo, seguido de una Tsumiki sollozante.

—¿Quién era ese hombre, Gojo-san? —preguntó Megumi, con esa seriedad impropia de su edad—. Se sentía como tú... pero al revés.

Satoru se arrodilló para quedar a la altura del niño. Le puso una mano en el hombro y, por un momento, buscó las palabras adecuadas. Miró a Shoko, quien asintió dándole fuerzas.

—Era alguien que solía ser familia, Megumi —dijo Satoru con una suavidad que le dolió en el pecho—. Pero a veces, la familia se pierde en la oscuridad. Por eso es tan importante que nosotros nos mantengamos en la luz.

Tsumiki abrazó a Shoko, ocultando su rostro en su chaqueta. Shoko la estrechó contra ella, mirando por encima de su cabeza hacia el lugar donde Geto se había marchado. La noche íntima que habían planeado, el escalón que habían subido en su relación... todo parecía ahora más vital que nunca. En un mundo donde incluso los mejores podían caer, su unión no era solo un romance; era un acto de resistencia.

—Vamos a casa —dijo Shoko, tomando la mano de Megumi—. Utahime, ¿puedes caminar?

—Sí... —respondió la miko, limpiándose la sangre del labio—. Vayan ustedes. Informaré a la escuela mañana. No mencionaré lo de Geto si tú no quieres, Satoru.

—Haz lo que debas, Utahime. Ya nada de eso importa ahora —dijo Gojo.

Caminaron de regreso bajo las luces de neón de Tokio. Satoru y Shoko iban uno al lado del otro, con los niños entre ellos. Sus manos se buscaron y se entrelazaron con una fuerza desesperada. El "felicidades" de Suguru seguía resonando en el aire, como un eco de una vida que ya no existía.

Al llegar al apartamento, el ambiente era pesado. Los niños, agotados por el miedo y la adrenalina, se quedaron dormidos casi instantáneamente en sus camas. Satoru y Shoko se quedaron en la sala, sentados en el sofá en la oscuridad total.

—Él nos vio —dijo Shoko después de un largo rato—. Nos vio ser felices.

—Y por un segundo, creo que él también fue feliz por nosotros —respondió Satoru, quitándose la venda y dejando que sus ojos azules brillaran en la penumbra—. Pero eso no cambia lo que viene, Shoko. La próxima vez que lo vea... tendré que cumplir con mi deber.

Shoko se acurrucó contra él, buscando el calor de su cuerpo.

—Entonces disfrutemos de lo que tenemos hoy. Mañana el mundo seguirá intentando rompernos, pero esta noche... esta noche todavía somos nosotros cuatro.

Satoru la besó en la frente, envolviéndola en sus brazos. El aroma a azahar de los productos de baño de Tsumiki, el olor a metal residual de la batalla y el rastro del perfume de Shoko se mezclaron en el aire. Habían pasado de la gloria de su entrega íntima al horror de un encuentro con el pasado en cuestión de horas.

Pero mientras Satoru miraba hacia la habitación de los niños, supo que no se arrepentía de nada. La sombra de Suguru Geto podía acechar en los rincones del mundo, pero bajo ese techo, entre el acero de sus responsabilidades y el azahar de su nueva familia, Gojo Satoru finalmente entendía por qué valía la pena ser el más fuerte.

No era para salvar al mundo. Era para salvar ese pequeño y frágil pedazo de humanidad que Shoko y los niños representaban.

—Te quiero, Shoko —susurró él, por primera vez en voz alta.

—Lo sé, Satoru —respondió ella, cerrando los ojos—. Yo también te quiero. Y eso es lo único que él ya no puede tener.

Afuera, Tokio seguía girando, ajena a la batalla silenciosa que acababa de librarse en el corazón de sus protectores. Pero dentro del apartamento, el Infinito se expandió una vez más, no para separar, sino para proteger la frágil llama de una familia que, contra todo pronóstico, acababa de encontrar su verdadera fuerza en medio de la tormenta.