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Una familia Parker-bishop

Huellas, cenizas y el misterio del sabueso silencioso

La mañana después del quinto cumpleaños de May-Day amaneció con esa neblina perezosa que solo los domingos en los suburbios de Queens sabían ofrecer. Peter Parker se despertó no por su sentido arácnido, sino por una sensación húmeda y peluda que presionaba contra su mejilla.

Abrió un ojo con esfuerzo y se encontró con la mirada expectante de Lucky 2. El cachorro de Golden Retriever no estaba saltando ni ladrando como un perro normal de su edad; simplemente estaba allí, sentado sobre la almohada de Peter, observándolo con una intensidad casi analítica.

—Hola, amiguito —susurró Peter, tratando de no despertar a Kate—. Son las seis de la mañana. Los héroes y los perros con sentido común duermen hasta las nueve hoy.

El perro no se movió. Ladeó la cabeza, soltó un pequeño bufido que sonó extrañamente a un suspiro de resignación y saltó de la cama con una agilidad que hizo que Peter frunciera el ceño. No fue un salto torpe de cachorro; fue un aterrizaje limpio, silencioso, casi táctico.

Peter se incorporó, frotándose la nuca. Algo en Lucky 2 era... diferente.

Unas horas más tarde, Peter y Kate compartían una jarra de café en la cocina mientras observaban a través del ventanal del patio. May-Day corría de un lado a otro con una capa improvisada, seguida de cerca por el cachorro.

—¿Te has fijado en cómo se mueve? —preguntó Peter, señalando con la taza hacia el jardín.

Kate se apoyó en su hombro, observando con curiosidad.

—¿Te refieres a que es el perro más educado del planeta? Sí, lo he notado. Anoche no lloró ni una vez. Y mira eso...

En el patio, Lucky 2 se detuvo frente a un arbusto denso y espinoso en la esquina más alejada, un rincón del jardín que Peter apenas recordaba que existía. El perro entró, hizo lo suyo con una discreción absoluta y salió trotando de vuelta hacia May-Day sin que una sola hoja se moviera.

—Ni siquiera usa el césped principal —comentó Kate, asombrada—. Es como si tuviera un protocolo de sigilo. Yelena dijo que lo sacó de un refugio, pero empiezo a sospechar que ese refugio estaba debajo de las oficinas de la KGB.

—Y mira el desayuno —añadió Peter, bajando la voz—. May-Day odia el hígado y la grasa de la carne. Normalmente, eso termina escondido bajo la servilleta o en mis rodillas.

Efectivamente, May-Day estaba sentada en el escalón del porche con un plato de sobras del banquete de ayer. Con un movimiento rápido, la niña dejó caer un trozo de grasa y un pedazo de hígado que se negaba a masticar. Lucky 2 lo atrapó en el aire antes de que tocara el suelo, engulléndolo sin hacer ruido y volviendo a su posición de guardia al lado de la niña.

—Es un aspirador táctico —concluyó Peter—. No solo es su mascota, es su cómplice de crímenes alimenticios.

Justo cuando Kate iba a responder, un estruendo familiar y metálico sacudió la tranquilidad de la calle. Era un sonido de motor que se ahogaba, una serie de explosiones secas seguidas de un silencio repentino justo frente a su entrada.

—Esa es la moto de Johnny —dijo Peter, dejando la taza—. Y por el sonido, no viene de visita social por placer.

Peter salió al porche seguido de Kate. En la acera, Johnny Blaze, el Motorista Fantasma en persona, estaba bajándose de su imponente máquina. Johnny no llevaba su aspecto llameante, pero el aura de azufre y carretera vieja siempre lo acompañaba. Se quitó el casco, revelando un rostro cansado y cubierto de una fina capa de hollín.

—¡Johnny! —exclamó Peter, bajando los escalones—. ¿Todo bien? Te hemos oído desde la cocina. Parecía que la moto estaba pidiendo clemencia.

—Se me quedó sin gasolina a dos manzanas —gruñó Johnny, dándole una patada poco amistosa al neumático trasero—. Y creo que el carburador está intentando invocar a un demonio de bajo nivel. Está muerta, Parker.

—Bueno, al menos llegaste a un taller con tecnología Stark y paciencia arácnida —dijo Peter con una sonrisa—. Pasa, te invito a beber algo. ¿Una cerveza? ¿Una Coca-Cola?

Johnny se pasó una mano por el cabello revuelto, suspirando mientras miraba su moto con odio.

—Una Coca-Cola con ron, si tienes. Ando con una molestia en la espalda que no me deja vivir. Esta moto la compré hace poco y ya me está dando problemas.

—¿En segunda mano? —preguntó Peter con un tono burlón mientras caminaban hacia la casa.

Johnny lo miró de reojo, ofendido.

—No te pases, Parker. Estaba a buen precio. Un tipo en Arizona me juró que solo la usaba para ir a la iglesia los domingos.

—Seguro que era una iglesia satánica —murmuró Kate desde la puerta, aguantando la risa—. Hola, Johnny. Pasa, ponte cómodo.

Se sentaron en la mesa de la cocina. Johnny parecía un hombre fuera de lugar entre los dibujos de colores de May-Day y los imanes de nevera con forma de superhéroes. Kate le sirvió su bebida mientras Peter examinaba las llaves de la moto que Johnny había dejado sobre la mesa.

—En serio, Johnny —dijo Peter—, si quieres que le eche un vistazo al motor más tarde...

—No te molestes, solo necesito que descanse un poco —respondió Johnny, tomando un trago largo de su vaso—. A veces creo que esta máquina tiene personalidad propia y simplemente decidió que hoy no quería trabajar.

En ese momento, Lucky 2 entró en la cocina trotando. Se detuvo en seco al ver a Johnny. El perro no ladró, pero sus orejas se irguieron y su nariz empezó a trabajar a toda máquina. Se acercó a las botas de cuero de Johnny, las olisqueó durante dos segundos y, de repente, dio un salto hacia atrás, saliendo disparado de la habitación como si hubiera visto al mismísimo Mephisto.

—Vaya —dijo Johnny, un poco herido en su orgullo—. Normalmente los perros me tienen miedo porque huelo a muerte, pero ese ha salido corriendo como si le hubiera ofrecido un baño.

—No es miedo —comentó Peter, mirando por donde se había ido el cachorro—. Es... criterio. Lucky 2 es un perro con gustos muy específicos.

May-Day entró corriendo justo después, con el ceño fruncido y buscando a su mascota. Se detuvo al ver a Johnny y sus ojos se iluminaron.

—¡TÍO JOHNNY! —gritó, corriendo a darle un abrazo rápido en las piernas antes de retroceder arrugando la nariz—. ¡Uf! Lucky 2 tenía razón.

—¿Razón en qué, pequeña? —preguntó Johnny, bajando su vaso.

May-Day se puso las manos en las caderas, imitando la postura de juicio de su madre, y señaló a Johnny con un dedo acusador.

—Lucky 2 dice que hueles raro —sentenció la niña con total honestidad—. Dice que hueles a algo con olor a gas, a cenizas y a rata muerta.

El silencio que siguió a la declaración de May-Day fue sepulcral durante exactamente un segundo. Luego, el sonido de una carcajada explosiva llenó la cocina.

Peter se dobló por la mitad, golpeando la mesa con la mano, mientras Kate se tapaba la boca con ambas manos, pero sus hombros se sacudían violentamente por la risa incontrolable.

—¡A rata muerta! —logró articular Peter entre jadeos, señalando a un Johnny Blaze que se había quedado de piedra, con el vaso a medio camino de la boca.

—¡Oye! —protestó Johnny, aunque una pequeña sonrisa empezaba a asomar en la comisura de sus labios—. No es rata muerta, es... es el aroma del camino. Es mística de carretera.

—No, tío Johnny —insistió May-Day, muy seria—. Lucky 2 tiene muy buen olfato. Dice que deberías lavarte el chaleco con mucho jabón de flores.

Kate finalmente soltó una carcajada sonora, apoyándose en la encimera para no caerse.

—Lo siento, Johnny —dijo Kate, tratando de recuperar el aliento—, pero la verdad duele. Y viniendo de una niña de cinco años y un perro que come hígado crudo, es una crítica profesional.

Johnny miró su chaleco de cuero, lo olisqueó discretamente y luego suspiró, volviendo a sentarse.

—Rata muerta. Genial. Justo lo que necesitaba para mi autoestima después de que mi moto me dejara tirado.

—No te preocupes —dijo Peter, recuperando la compostura y limpiándose una lágrima de risa—. May-Day tiene esa forma de decir las cosas... muy de los Bishop. Directa al corazón.

—¿Y el perro? —preguntó Johnny—. ¿De dónde ha salido ese crítico gastronómico de cuatro patas?

—Es un regalo de Yelena —explicó Kate, sirviéndole un poco más de ron a Johnny para compensar el insulto—. Un Golden Retriever que parece haber sido entrenado por el servicio de inteligencia ruso. No ladra, limpia sus propios rastros en arbustos invisibles y, aparentemente, detecta el olor a azufre a kilómetros de distancia.

Johnny asintió, mirando hacia el pasillo donde Lucky 2 asomaba solo la punta de la nariz, vigilando desde la seguridad de las sombras.

—Bueno, al menos alguien en esta casa tiene sentido común —gruñó Johnny con afecto—. Si yo fuera un perro, tampoco me acercaría a alguien que se prende fuego por diversión.

—A mí me gusta cuando se te prende la cabeza —dijo May-Day, acercándose de nuevo, esta vez con menos cautela—. Pero Lucky dice que las chispas ensucian el pelo.

—Tu perro es un snob, May —bromeó Peter, cargando a su hija en hombros—. Pero tiene razón en algo: Johnny necesita un descanso. ¿Qué tal si dejamos la moto tranquila por hoy y nos quedamos a almorzar? Prometo que no habrá nada con olor a rata muerta en el menú.

—Acepto —dijo Johnny, levantando su vaso—. Pero si el perro me sigue mirando así, voy a empezar a pensar que es él quien me va a cobrar el alquiler por estar en esta cocina.

La tarde continuó entre historias de la carretera y las travesuras silenciosas de Lucky 2. Peter se encargó de revisar la moto de Johnny, descubriendo que, efectivamente, el "carburador endemoniado" era solo una pieza suelta que vibraba contra el chasis, algo que arregló en diez minutos con un poco de ingenio y una llave inglesa.

Kate y Johnny se quedaron en el porche, hablando de los viejos tiempos y de cómo el mundo seguía girando a pesar de que ellos intentaran detenerlo de vez en cuando. May-Day, por su parte, se dedicó a intentar convencer a Lucky 2 de que el tío Johnny no era peligroso, usando trozos de pizza como soborno.

—¿Sabes, Peter? —dijo Kate más tarde, cuando Johnny ya se había marchado (con su moto rugiendo de nuevo y una bolsa de lavanda que May-Day le había obligado a meterse en el bolsillo del chaleco)—. Ese perro es demasiado listo.

Peter, que estaba terminando de guardar las herramientas en el laboratorio, levantó la vista.

—Lo sé. A veces me mira y siento que está evaluando mi técnica de lanzamiento de redes.

—No me refiero a eso —continuó Kate, entrando en el taller—. Me refiero a que sabe exactamente a quién querer y a quién vigilar. Ayer con Logan no se separó de él. Hoy con Johnny mantuvo la distancia. Es como si pudiera ver lo que hay dentro de cada uno.

Peter se acercó a ella, rodeándola con sus brazos. El olor a grasa de motor y el aroma a hogar se mezclaban en el aire.

—O quizás simplemente no le gusta el olor a cenizas —bromeó Peter—. Pero tienes razón. Es un Parker-Bishop ahora. No esperábamos un perro normal, ¿verdad?

—En esta casa, "normal" es una palabra prohibida —rio Kate, dándole un beso corto—. Vamos arriba. May-Day quiere que le leamos un cuento y Lucky 2 ya ha tomado posesión de la alfombra del pasillo como si fuera un guardaespaldas de la Casa Blanca.

Mientras subían las escaleras, Peter miró hacia el jardín. El arbusto invisible seguía allí, guardando los secretos higiénicos del sabueso. En la habitación de May-Day, la niña ya estaba arropada, con el cachorro sentado a los pies de la cama, vigilando la puerta con una solemnidad cómica.

—Papi —susurró May-Day cuando Peter entró—. ¿El tío Johnny se va a poner el jabón de flores?

—Eso espero, pequeña. Si no, la próxima vez que venga, Lucky 2 va a pedir una máscara de gas.

May-Day soltó una risita y se acomodó bajo las mantas. Lucky 2 soltó un pequeño bostezo, se dio tres vueltas sobre sí mismo y finalmente se echó, apoyando la barbilla en los pies de la niña.

Peter apagó la luz, sintiendo esa calidez en el pecho que solo su familia podía darle. Afuera, Nueva York seguía siendo una ciudad de monstruos, héroes y ruidos constantes. Pero dentro de esas cuatro paredes, el único misterio que importaba era por qué su perro prefería el hígado a las galletas para canes y por qué tenía un sentido del olfato tan crítico con los jinetes del infierno.

—Buenas noches, equipo —murmuró Peter antes de cerrar la puerta.

Desde la oscuridad, solo se escuchó el rítmico golpeteo de una cola contra el colchón. Lucky 2 estaba de guardia, y en la casa de los Parker-Bishop, eso significaba que todos podían dormir tranquilos. Incluso si el ambiente todavía olía, muy levemente, a una mezcla de lavanda y mística de carretera.