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Una familia Parker-bishop

La conspiración de la caligrafía y el correctivo arácnido

El sol del lunes por la mañana no tenía piedad. Se filtraba por las rendijas de las persianas con una insistencia que obligaba a Peter Parker a hundir el rostro en la almohada. A su lado, Kate Bishop roncaba de esa forma casi imperceptible que él encontraba adorable, con un brazo colgando fuera de la cama y el cabello azabache esparcido como una mancha de tinta sobre la sábana blanca.

Sin embargo, en la habitación de al lado, May-Day Parker-Bishop ya estaba en pie de guerra.

La pequeña de cinco años se sentaba en su escritorio miniatura, rodeada de una pila de papeles que había rescatado del despacho de su madre. Tenía una misión. El cartel del sábado pasado había sido un éxito táctico, pero estratégicamente fallido: su padre no parecía menos estresado y su madre solo se había reído. May-Day, que había heredado la terquedad de los Parker y la astucia analítica de los Bishop, sabía que necesitaba subir la apuesta.

—Si mamá lo escribe, papá lo hace —susurró para sí misma, concentrada—. Porque papá siempre hace lo que mamá dice cuando ella pone esa voz de jefa.

Con un crayón morado —el color de la autoridad en esa casa—, May-Day comenzó su obra maestra. Había pasado los últimos diez minutos estudiando una nota que Kate había dejado en la nevera sobre comprar leche y flechas de práctica. La caligrafía de Kate era elegante pero apresurada, con las "t" muy altas y las "s" redondeadas.

May-Day sacó la lengua por la comisura de los labios, aplicando una presión hercúlea sobre el papel.

"PETER, SI ESTAS ESTRESADO, NALGUEAME TODO LO QUE QUIERAS. HOY ESTAREMOS SOLOS".

No era una copia perfecta, pero a los ojos de un hombre que acababa de despertar y que todavía tenía restos de cálculos multiversales flotando en el cerebro, pasaría por legal. Con un trozo de esa cinta adhesiva industrial que su padre juraba que podía sostener un puente, May-Day salió de su cuarto en punta de pies.

La suerte estaba de su lado. Kate acababa de levantarse y caminaba hacia el baño, todavía enredada en su camisón de seda morada, bostezando con los ojos cerrados.

—¡Buenos días, mami! —exclamó May-Day, lanzándose a un abrazo por la espalda.

—Hola, mi monito —murmuró Kate, acariciando distraídamente la cabeza de su hija mientras seguía avanzando hacia el lavabo—. Ve a vestirte, que el autobús escolar no espera a las superheroínas perezosas.

En ese segundo de contacto, la mano de May-Day se movió con la rapidez de un rayo. El cartel quedó firmemente anclado en la parte baja de la espalda de Kate, justo encima de la curva de su cadera, camuflado parcialmente por los pliegues de la seda.

Diez minutos después, May-Day ya estaba en la puerta, con su mochila de Spider-Man a la espalda y una sonrisa de satisfacción que habría hecho sospechar a Nick Fury.

—¡Adiós, papá! ¡Adiós, mamá! ¡Diviértanse estando solos! —gritó la niña antes de subir al autobús amarillo que rugía en la esquina.

Peter, que estaba en la cocina intentando que la cafetera no explotara (un problema recurrente con la tecnología Stark-Parker), se giró para ver a Kate entrar en la estancia. Ella se estiró, arqueando la espalda, y fue entonces cuando Peter lo vio.

Un papel morado. La letra de Kate.

Peter parpadeó, ajustándose las gafas que a veces usaba para leer. Leyó el mensaje. Una vez. Dos veces. Sus sentidos arácnidos no vibraron por peligro, pero sí enviaron una descarga eléctrica directamente a su estómago.

—¿Kate? —preguntó Peter, con la voz un poco más ronca de lo habitual.

—¿Mmm? —Kate estaba de espaldas, buscando el azúcar en el estante superior—. Dios, Peter, necesito cafeína. Siento que un camión me pasó por encima anoche. ¿Por qué me miras así?

Peter dejó la taza sobre la encimera. Sus ojos brillaron con una mezcla de sorpresa, incredulidad y una picardía que llevaba años domesticada por la rutina parental. Si su esposa le dejaba una nota así, escrita de su puño y letra (o eso creía él), ¿quién era él para desobedecer una orden directa de la jefa de seguridad de la casa?

—Bueno —dijo Peter, acercándose con pasos felinos—, si estás tan estresada como dices... supongo que debo cumplir con mis obligaciones maritales.

—¿De qué estás habland...?

*¡PLAS!*

El sonido de la palmada resonó en toda la cocina. Fue un golpe firme, certero, cargado de un afecto que rozaba lo audaz. Kate soltó un grito de sorpresa, saltando casi diez centímetros en el aire y soltando la cuchara del azúcar.

—¡PETER BENJAMIN PARKER! —exclamó ella, girándose con el rostro encendido como una bengala de emergencia—. ¿Qué demonios te pasa? ¡Casi me tiras el café!

Peter levantó las manos, luciendo una sonrisa de suficiencia absoluta.

—Oye, tú pusiste las reglas esta mañana, Bishop. Yo solo soy un ciudadano respetuoso de la ley.

—¿Qué reglas? ¿De qué estás hablando? —Kate lo miró como si hubiera perdido el juicio—. ¿Te dio un aire en el laboratorio o es que la abstinencia de patrullar te está afectando el lóbulo frontal?

—Nada de eso —rio Peter, rodeándola por la cintura y dándole un beso rápido en la nariz—. Solo diré que acepto el desafío. Hoy va a ser un día... interesante.

Kate sacudió la cabeza, asumiendo que Peter simplemente estaba teniendo uno de sus momentos de "humor Parker" especialmente intenso. Se dio la vuelta para servirse el café, ignorando el ligero hormigueo que todavía sentía en su retaguardia.

—Estás loco —murmuró ella, sonriendo a pesar de sí misma.

Pasaron las horas. Peter intentó concentrarse en reparar un dron de vigilancia, pero la imagen de la nota morada seguía quemándole en la retina. Cada vez que subía a la cocina por agua o pasaba por el pasillo y veía a Kate de espaldas, su cerebro gritaba: "¡Es una orden de misión!".

A media mañana, Kate estaba agachada frente al archivador del despacho, buscando unos contratos antiguos. Estaba en una posición vulnerable, por decir lo menos. Peter apareció por la puerta, la vio y no pudo evitarlo.

*¡ZAS!*

Esta vez fue más fuerte. Peter había olvidado por un segundo que tenía la fuerza proporcional de una araña y, aunque se contuvo, el impacto hizo que Kate golpeara su cabeza contra el cajón abierto del archivador.

—¡AUCH! ¡POR TODOS LOS CIELOS, PETER! —Kate se levantó de un salto, frotándose la cabeza y el trasero al mismo tiempo, con los ojos echando chispas—. ¡¿Es que quieres divorciarte?! ¡Eso ha dolido!

—¡Lo siento, lo siento! —exclamó Peter, aguantando la risa—. Es que... la nota decía que "todo lo que quiera", y bueno, me dejé llevar por el entusiasmo.

—¿Qué nota? ¡¿De qué nota hablas?! —Kate estaba genuinamente furiosa ahora—. ¡He estado toda la mañana trabajando y tú apareces como un ninja nalgueador cada cinco minutos!

—La que tienes pegada atrás, Kate —dijo Peter, señalando con el dedo.

Kate se quedó helada. Se llevó la mano a la parte baja de la espalda y sus dedos tropezaron con la textura rugosa del papel y la cinta industrial. Tiró con fuerza, soltando un "ay" cuando el adhesivo se llevó algunos hilos de su camisón (que aún no se había quitado por ser lunes de trabajo en casa).

Extendió el papel frente a sus ojos. El silencio que siguió fue denso.

—"Peter, si estás estresado... nalgueame todo lo que quieras..." —leyó Kate en voz alta. Su voz subió de octava con cada palabra—. "Hoy estaremos solos".

Peter se cruzó de brazos, todavía con esa sonrisa de niño bueno que ha hecho una travesura.

—Es tu letra, Kate. O al menos una versión muy convincente de ella. Reconocería esas "s" redondeadas en cualquier parte.

Kate miró el crayón morado. Miró la cinta adhesiva que solo Peter guardaba en el taller. Miró el hecho de que la palabra "estresado" no tenía tilde.

—Peter —dijo ella con una calma aterradora—, yo no escribí esto.

Peter borró la sonrisa de golpe.

—¿Cómo que no? Está en papel de tu despacho. Con tu color favorito.

—Es la letra de May-Day —sentenció Kate, señalando el trazo tembloroso de la letra "P"—. Ha intentado imitarme. Esa pequeña... esa pequeña genio del mal nos ha tendido una trampa.

Peter se quedó mudo. Procesó la información. Recordó la palmada de hace diez minutos que casi envía a Kate al hospital.

—Oh, no —susurró Peter—. He estado... he estado golpeando a mi esposa por orden de una niña de cinco años.

—Exactamente —dijo Kate, dando un paso hacia él con el papel en la mano—. Y tú, genio, ¿realmente pensaste que yo escribiría "nalgueame todo lo que quieras" en un cartel y me lo pegaría en la espalda para andar por la casa? ¿En qué clase de fanfiction crees que vivimos, Parker?

—Bueno, en mi defensa —balbuceó Peter, retrocediendo hacia la puerta—, siempre dices que soy muy despistado con las señales románticas. Pensé que estabas siendo... directa. Muy directa.

—¡Directa sería lanzarte una flecha a la rodilla! —exclamó Kate, aunque una sonrisa empezaba a asomar por las comisuras de sus labios—. Dios mío, Peter. Casi me dejas un moretón por culpa de una broma de May-Day.

—Fue con cariño —intentó defenderse él, aunque ya estaba cerca de la salida—. Bueno, la última quizás fue con un poco de exceso de "sentido arácnido".

Kate miró el cartel y luego a Peter. La situación era tan ridícula, tan puramente "Parker-Bishop", que la rabia se evaporó en un segundo, reemplazada por esa complicidad que los mantenía unidos contra el mundo (y contra su hija).

—Ven aquí —ordenó Kate.

Peter se acercó con cautela.

—¿Me vas a devolver las nalgadas? —preguntó él con esperanza.

—No —dijo ella, rodeando su cuello con los brazos y pegando su frente a la de él—. Voy a dejar que te sientas culpable todo el día. Y luego, cuando May-Day vuelva del colegio, vamos a tener una charla muy seria sobre el uso de la cinta industrial y la falsificación de documentos oficiales.

—Me parece justo —asintió Peter, relajándose—. Aunque debo admitir... que la idea del cartel no era mala. Solo la ejecución fue un poco... pública.

—Cállate, Peter —rio Kate antes de besarlo—. Y por cierto, si realmente estás tan estresado por el laboratorio... no necesitas un cartel morado para pedir permiso. Pero la próxima vez, asegúrate de que no sea una trampa de una niña de cinco años.

—Entendido, jefa —dijo Peter, dándole un último abrazo—. Pero sigo pensando que May-Day tiene futuro en el contraespionaje. O en la comedia de situación.

—Tiene futuro en estar castigada sin postre —sentenció Kate, aunque ambos sabían que, al final del día, terminarían riéndose de la historia mientras comían helado frente al televisor.

La tarde transcurrió con una calma tensa. Peter evitó pasar por detrás de Kate por puro instinto de supervivencia, y Kate se aseguró de revisar su espalda cada vez que salía de una habitación. El cartel morado quedó pegado en la nevera, justo al lado de la lista de la compra, como un trofeo de la astucia de la heredera del manto de Spider-Man y Hawkeye.

Cuando el autobús escolar amarillo se detuvo frente a la casa a las cuatro de la tarde, May-Day bajó saltando, rebosante de energía. Entró en la casa como un torbellino, dejando su mochila en el suelo.

—¡Hola! —gritó la niña—. ¿Cómo estuvo el día? ¿Papá hizo sus tareas?

Peter y Kate estaban sentados en el sofá, esperándola con los brazos cruzados y expresiones de absoluta seriedad, aunque por dentro estaban a punto de estallar de risa.

—May-Day —dijo Peter, señalando la nevera—, tenemos que hablar de tu carrera como falsificadora de notas.

La niña miró el cartel morado. Luego miró a sus padres. No se amilanó. No lloró. Simplemente ladeó la cabeza con una curiosidad científica.

—¿Funcionó? —preguntó ella—. ¿Papá ya no está estresado?

Kate suspiró, tapándose la cara con las manos.

—Funcionó demasiado bien, May —respondió Kate, levantándose para cargar a su hija—. Pero la próxima vez que quieras ayudar a papá con su estrés, intenta sugerirle un masaje o una película. No le des permiso para usarme como saco de boxeo, ¿vale?

—Pero tú te ríes —insistió May-Day—. Y papá se pone contento.

Peter se levantó y se unió al abrazo familiar, besando la frente de su hija y luego la mejilla de su esposa.

—Es cierto —admitió Peter—. Me pongo muy contento. Pero vamos a dejar los carteles para las manifestaciones y las ofertas del supermercado, ¿trato hecho?

—Trato hecho —dijo May-Day, aunque ya estaba mirando hacia la cocina—. ¿Hay galletas?

—Solo si prometes no pegarles carteles a las galletas diciendo que son "gratis para May-Day" —bromeó Peter.

La paz volvió a la casa de los Parker-Bishop, o al menos la versión de paz que se puede tener cuando tu hija es una pequeña genio de la manipulación doméstica y tu marido tiene la fuerza de diez hombres y el juicio de un adolescente enamorado. Mientras cenaban, Peter miró a Kate de reojo y ella le devolvió la mirada con una chispa de advertencia en los ojos.

—Ni se te ocurra, Parker —advirtió ella, adivinando sus pensamientos—. Estamos en la cena.

—Solo estaba pensando en que el morado realmente es tu color —respondió él, inocentemente.

—Sí, claro. Y yo soy la Viuda Negra —rio Kate.

Al final de la noche, después de acostar a May-Day (quien ya estaba planeando un cartel sobre "Día de llevar a la hija al laboratorio de Industrias Stark"), Peter y Kate se quedaron solos en el salón.

—¿Sabes? —dijo Kate, recostando su cabeza en el hombro de Peter—. A pesar de los golpes y del susto... May-Day tiene razón en algo.

—¿En qué? —preguntó Peter, acariciando su brazo.

—En que hoy estábamos solos —ella se giró, con una sonrisa juguetona que Peter conocía muy bien—. Y todavía me duele un poco el golpe del archivador. Creo que necesito una compensación que no involucre crayones morados.

Peter sonrió, sintiendo que su sentido arácnido finalmente le daba una señal de victoria.

—Creo que puedo encargarme de eso, Bishop. Sin carteles, sin trampas y, esta vez, prometo medir mi fuerza.

—Más te vale, Spider-Man —susurró ella antes de besarlo.

En la oscuridad del pasillo, Lucky 2, el cachorro de la Habitación Roja, observaba la escena desde su cesta. Soltó un pequeño suspiro, se dio tres vueltas y volvió a dormirse. En esa casa, las misiones secretas nunca terminaban, pero al menos los finales siempre eran felices. Y Peter Parker, a sus treinta años, finalmente había aprendido que no importaba cuántas notas falsas aparecieran en su espalda; mientras tuviera a Kate y a May-Day, siempre estaría en el universo correcto.