Una familia Parker-bishop
Fantasmas en el pasillo y granadas de azúcar
La oscuridad de la madrugada en el apartamento de los Parker-Bishop era absoluta, interrumpida únicamente por el suave zumbido del refrigerador y el lejano rumor del tráfico neoyorquino. Sin embargo, en el cuarto de la pequeña de la casa, la actividad era frenética pero silenciosa. May-Day, con la precisión de una espía en ciernes, se había deslizado fuera de su cama.
—Shhh, Lucky. Hoy es el día —susurró la niña a la oscuridad.
A los pies de su cama, el cachorro Lucky 2 ladeó la cabeza. No era un perro común; su linaje de la Habitación Roja le otorgaba una paciencia y una disciplina que superaban cualquier entrenamiento canino tradicional. May-Day sacó de debajo de su cama dos bultos de tela que había estado preparando con ayuda de la tía Yelena (quien tenía un gusto impecable por los disfraces tácticos).
Primero, May-Day se enfundó en su propio traje: una sábana blanca de algodón egipcio de alta calidad que Kate había comprado para las visitas, ahora con dos agujeros desiguales para los ojos y un pequeño parche de tela de araña bordado en el pecho. Luego, se volvió hacia el perro.
—Te ves muy feroz, Lucky —dijo ella mientras le abrochaba un arnés verde con escamas de tela y una cola puntiaguda—. Eres el dragón que protege a la fantasma.
Lucky 2 soltó un pequeño bufido, aceptando su destino como dragón doméstico, y ambos salieron al pasillo en una procesión espectral.
En la habitación principal, Peter Parker dormía el sueño de los justos. Sus treinta años pesaban un poco más después de una semana de patrullas nocturnas y reparaciones en el laboratorio, pero la calidez de Kate a su lado siempre hacía que el descanso fuera reparador. Kate, por su parte, tenía el arco de los sentidos siempre alerta, incluso en sueños.
Fue el leve roce de una sábana contra el suelo lo que los despertó.
—Peter... —murmuró Kate, sin abrir los ojos—. Hay algo en el pie de la cama.
—Es el sentido arácnido, Kate... —balbuceó Peter, todavía medio dormido—. No vibra. No hay peligro. Solo... algo muy blanco.
Peter abrió un ojo y luego el otro. Frente a él, una figura blanca y pequeña flotaba (o eso parecía) en la penumbra, mientras a su lado, una criatura verde con escamas y cuatro patas lo observaba con ojos brillantes.
—¡BÚ! —gritó la pequeña fantasma, saltando sobre el colchón.
—¡Cielo santo! —exclamó Peter, dando un respingo que casi lo hace chocar contra el techo, un reflejo arácnido que Kate detuvo agarrándolo del brazo a tiempo.
—¡May-Day! —rio Kate, encendiendo la lámpara de la mesilla—. Casi matas a tu padre de un síncope. ¿Y ese es Lucky?
El perro, al verse descubierto, movió la cola verde de tela con entusiasmo, golpeando rítmicamente el borde de la cama.
—Soy una fantasma muy aterradora —anunció May-Day, quitándose la sábana de la cabeza para revelar una sonrisa triunfal—. Y Lucky es un dragón de fuego. ¡Es Halloween!
Peter se frotó los ojos, soltando una carcajada cansada pero llena de amor.
—Feliz Halloween, pequeña araña... digo, pequeña fantasma. Son las seis de la mañana. Los fantasmas suelen dormir hasta más tarde en los suburbios.
—Los fantasmas tienen hambre —sentenció May-Day, cruzándose de brazos sobre su pijama que asomaba bajo la sábana.
Kate se levantó, estirándose con la gracia de una atleta.
—Está bien, está bien. Una fantasma hambrienta es un peligro para la seguridad nacional. Peter, ve a buscar el jugo. Yo me encargo de la artillería pesada en la cocina.
Minutos después, el aroma a mantequilla y vainilla inundaba la casa. Kate, que manejaba la espátula con la misma precisión con la que disparaba sus flechas, estaba frente a la plancha.
—Mira esto, May —dijo Kate, vertiendo la masa con cuidado—. Un diseño exclusivo de la casa Bishop.
En el plato de la niña aterrizaron dos panqueques perfectamente formados: uno con la silueta de una araña de ocho patas y otro con la forma de un fantasma rechoncho. Peter llegó con una jarra de jugo de fresa, cuyo color rojo intenso completaba la estética "espeluznante" del desayuno.
—¡Wow! —exclamó May-Day, devorando la pata de una araña de masa—. Sabe a victoria.
—Sabe a carbohidratos, que es lo que vas a necesitar para aguantar todo el día —dijo Peter, dándole un sorbo a su café—. ¿Cuál es el plan para hoy, jefa de los fantasmas?
—Películas —decidió la niña—. De las que dan un poquito de miedo, pero no tanto como para que Lucky se esconda bajo el sofá.
La mañana transcurrió en una bruma de mantas y palomitas de maíz. Los tres se acurrucaron en el sofá grande del salón. Lucky 2, todavía con sus escamas de dragón, se acomodó entre Peter y May-Day.
Primero vieron *Beetlejuice*. May-Day estaba fascinada con el traje a rayas y el humor caótico del protagonista.
—Papá, ¿tú conoces a ese señor? —preguntó la niña cuando Beetlejuice hizo una de sus entradas dramáticas—. Se parece un poco al tío Wade cuando no se pone la máscara.
—Tiene el mismo sentido de la higiene, eso seguro —rio Peter, ganándose un codazo juguetón de Kate.
Luego fue el turno de *Coraline*. El ambiente de la película, con sus ojos de botón y sus mundos paralelos, mantuvo a la familia en un silencio expectante.
—Esa otra madre me da escalofríos —susurró Kate, abrazando más fuerte a su hija—. Prefiero enfrentarme a una horda de Chitauri que a una mujer con botones por ojos.
—Yo no —dijo May-Day con valentía—. Yo le dispararía una flecha de pegamento en los botones. Problema resuelto.
Peter miró a Kate y ambos sonrieron. La niña tenía la mezcla perfecta de la confianza de Spider-Man y la practicidad de Hawkeye.
Para el almuerzo, Kate se superó a sí misma con un menú temático que Peter ayudó a preparar (bajo estricta supervisión para que no intentara usar sus lanzarredes para "agilizar" el proceso). Sirvieron un puré de papas cremoso que Peter había moldeado para que parecieran pequeñas montañas nevadas, acompañado de una tortilla de calabaza de un naranja vibrante.
—Es una tortilla mágica —explicó Peter mientras servía las porciones—. Si la comes toda, tendrás energía para caminar diez manzanas pidiendo dulces.
—¡Y para cargar mi bolsa de calabaza! —añadió May-Day, atacando el puré con entusiasmo.
La tarde cayó sobre Nueva York con una neblina anaranjada. El ambiente en la calle empezó a llenarse de niños disfrazados y decoraciones de telarañas que, Peter notó con ironía, no eran ni la mitad de resistentes que las suyas. Como postre antes de la gran misión nocturna, cenaron un pastel de Halloween que contenía tantas chispas de chocolate y crema de naranja que Peter temió que May-Day terminara trepando por las paredes literalmente antes de salir de casa.
—Muy bien, equipo —dijo Kate, ajustándose su propia chaqueta morada—. Es la hora de la verdad. Peter, ¿tienes el equipo de emergencia?
—Llevo agua, una linterna, y mi lanzarredes oculto por si algún "monstruo" real decide aparecer —respondió Peter, poniéndose una sudadera oscura.
Salieron a las calles de Queens. May-Day, de nuevo bajo su sábana de fantasma, caminaba con paso decidido, llevando una calabaza de plástico naranja. Lucky 2 trotaba a su lado, luciendo su disfraz de dragón con una dignidad inquebrantable.
—¡Dulce o truco! —gritaba la niña en cada puerta, recibiendo chocolates y caramelos que Peter iba guardando en una mochila de apoyo.
Todo iba sobre ruedas hasta que llegaron a una esquina iluminada por una farola parpadeante. Allí, apoyado contra un buzón, estaba una figura roja y negra que Peter reconoció al instante.
—¡Hola, familia favorita de Nueva York! —exclamó Deadpool, haciendo un gesto exagerado con las manos—. ¡Miren esa pequeña sábana andante! ¡Es adorable! ¡Casi me dan ganas de no robarle sus chocolates!
—Hola, Wade —suspiró Peter, poniéndose protectoramente delante de su hija—. ¿Qué haces aquí? Creía que tenías una fiesta en el centro.
—Las fiestas son aburridas si no hay niños a los que traumatizar... digo, educar —respondió Wade, hurgando en sus bolsillos tácticos—. ¡Oye, mini-araña! Tengo algo especial para ti. Nada de esos dulces baratos que dan los vecinos aburridos.
Wade sacó un objeto esférico, metálico y con una anilla de seguridad.
—¡Mira! ¡Una granada de fragmentación de edición limitada! —anunció con orgullo—. ¡Hace un ruido increíble y...!
Antes de que pudiera terminar la frase, o que Peter pudiera siquiera reaccionar, un movimiento morado cruzó el aire. Kate Bishop, con una velocidad que solo años de entrenamiento bajo presión pueden otorgar, se adelantó.
—¡Wade Wilson! —rugió Kate.
*¡PAM!*
La patada de Kate fue directa, seca y con toda la fuerza de su bota de combate directamente en la entrepierna del mercenario bocazas. El sonido fue sordo y contundente. Wade soltó la granada (que Peter atrapó en el aire con un hilo de telaraña invisible) y cayó de rodillas, emitiendo un sonido agudo que solo los delfines podrían entender.
—¡No... le des... explosivos... a mi hija! —sentenció Kate, señalándolo con un dedo acusador mientras Wade se ovillaba en el suelo, sollozando dramáticamente sobre lo injusta que era la vida para los mutantes con factor de curación.
—¡Mami, eso fue un truco genial! —exclamó May-Day desde debajo de la sábana, aplaudiendo.
—Lección número uno, cariño —dijo Kate, recuperando la compostura y alisándose el cabello—: a los tíos pesados se les da donde más les duele.
A pocos metros de allí, dos figuras observaban la escena con diversión. América Chávez, con su chaqueta de estrellas, y Yelena Belova, que lucía un abrigo largo y una expresión de suficiencia, se acercaron.
—Buen golpe, Kate —comentó Yelena, mirando con desprecio a la figura retorcida de Wade en el suelo—. Yo le habría dado en la garganta, pero la entrepierna es un clásico que nunca falla.
—¡Tía América! ¡Tía Yelena! —May-Day corrió hacia ellas, haciendo que su sábana ondeara al viento.
—Hola, pequeña fantasma —dijo América, abriendo un pequeño portal del tamaño de una mano del que sacó una bolsa de caramelos que brillaban con colores neón—. Estos son de una dimensión donde el azúcar no causa caries. Disfrútalos.
Yelena, por su parte, sacó una barra de chocolate negro de alta calidad, envuelta en papel dorado.
—Este es chocolate de verdad, no esa basura americana llena de cera —dijo la rusa, depositándolo en la calabaza de May-Day—. Te dará la fuerza necesaria para derrotar a cualquier dragón... aunque el tuyo parece bastante cómodo.
Lucky 2 se acercó a Yelena y le lamió la mano, reconociendo a su antigua entrenadora.
—Se ve ridículo con esas escamas —murmuró Yelena, aunque no pudo evitar acariciar la cabeza del perro con cariño.
Después de charlar un rato y de que Peter se asegurara de que la granada de Wade estuviera desactivada (resultó ser una granada de humo con olor a chicle, pero el principio era el mismo), la familia continuó su recorrido.
La noche terminó con May-Day sentada en la alfombra del salón, rodeada de un botín de dulces que envidiaría cualquier tienda de golosinas. Lucky 2, ya sin su disfraz de dragón, dormía profundamente a su lado, agotado por tanta caminata.
Peter y Kate se sentaron en el suelo junto a su hija, ayudándola a separar los caramelos por colores y tipos.
—¿Te divertiste, fantasmita? —preguntó Peter, dándole un beso en la sien.
—Fue el mejor Halloween del mundo —respondió May-Day, con un poco de chocolate en la comisura de los labios—. Sobre todo cuando mamá pateó al tío Wade. ¿Puedo aprender a hacer eso mañana?
Kate miró a Peter con una sonrisa pícara.
—Mañana no, cielo. Mañana tenemos que lidiar con el exceso de azúcar. Pero te prometo que en tu próxima clase de defensa personal, la "patada al mercenario" será la primera lección.
Peter suspiró, sabiendo que su vida nunca sería normal, pero mientras veía a su hija reír y a Kate mirarlo con ese brillo de amor y audacia en los ojos, supo que no quería estar en ningún otro universo.
—Feliz Halloween, Kate —murmuró Peter, acercándose para darle un beso.
—Feliz Halloween, Spider-Man —respondió ella—. Y prepárate, que el año que viene ella querrá ir disfrazada de algo con flechas reales.
Peter rio, sabiendo que probablemente tenía razón. En la casa de los Parker-Bishop, los trucos eran cotidianos, pero los dulces, como ese momento, siempre eran los más dulces de todos.