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Una familia Parker-bishop

Copos de nieve, suéteres de reno y la magia de los Parker-Bishop

La luz de la mañana de Navidad en Queens tenía un brillo especial, ese tipo de claridad tamizada por la nieve fresca que hacía que todo pareciera sacado de una postal antigua. Dentro de la casa de los Parker-Bishop, el silencio era absoluto, pero no duraría mucho.

May-Day, con su pijama de franela roja decorado con pequeñas arañas con gorritos de Santa Claus, abrió un ojo y luego el otro. A su lado, en la alfombra, Lucky 2 ya estaba en posición de alerta. El cachorro, que Yelena juraba que era un espía ruso de cuatro patas, lucía un suéter tejido de Santa Claus que le quedaba un poco ajustado y unas astas de reno de peluche que se le caían constantemente sobre los ojos.

—Es hoy, Lucky —susurró la niña, deslizándose fuera de la cama con la agilidad de quien tiene ADN de superhéroe—. Es el día de los regalos.

El perro soltó un pequeño bufido de aprobación y ambos se dirigieron al cuarto principal. May-Day no creía en las entradas sutiles. Se lanzó sobre la cama de sus padres como si fuera un proyectil teledirigido, aterrizando justo en medio de Peter y Kate.

—¡Es Navidad! ¡Es Navidad! ¡Despierten, despierten! —gritaba mientras saltaba, ignorando los quejidos de su padre.

—May... —balbuceó Peter, hundiendo la cara en la almohada—. Todavía es de noche en alguna dimensión, te lo prometo.

—No es cierto, el sol ya salió —replicó la niña, tirando de la sábana—. ¡Y Lucky tiene hambre de Navidad!

Kate se incorporó, frotándose los ojos y apartándose el cabello negro de la cara. Al ver a Lucky 2 con sus astas de reno torcidas, no pudo evitar soltar una carcajada.

—Mira a ese perro, Peter. Si Yelena lo viera ahora mismo, nos quitaría la custodia por "debilitar la imagen del gran sabueso ruso".

—Yelena fue la que le envió el suéter —recordó Peter con un bostezo, sentándose finalmente—. Dijo que era para "camuflaje festivo".

Bajaron a la sala, donde el árbol de Navidad dominaba el espacio. Era un abeto enorme que a Peter le había tomado dos horas enteras armar el primero de diciembre, principalmente porque Kate insistía en que las luces debían seguir un patrón logarítmico de brillo y May-Day no paraba de colgar adornos de papel en las ramas más bajas hasta que el árbol parecía tener una falda de cartulina. Bajo las luces parpadeantes, los regalos esperaban pacientemente.

—Primero el combustible —sentenció Kate, dirigiéndose a la cocina—. Nadie abre regalos con el estómago vacío en esta casa. Es una regla de los Barton que adopté hace años.

El desayuno fue un evento en sí mismo. Peter se encargó de la plancha, creando panqueques con la forma de muñecos de nieve, usando arándanos para los ojos y pequeñas tiras de tocino para las bufandas. May-Day ayudó a preparar el chocolate caliente, añadiendo nubes de azúcar hasta que la taza parecía una montaña nevada a punto de colapsar.

—Estos muñecos de nieve están deliciosos, papá —dijo May-Day, decapitando a uno con su tenedor—. Aunque el de mamá tiene la nariz torcida.

—Es una fractura de combate, May —bromeó Kate, dándole un sorbo a su café—. Los muñecos de nieve de los Bishop son guerreros.

Después del desayuno, la familia se equipó para la primera gran misión del día: el patio trasero. La nieve había caído en abundancia durante la noche, cubriendo todo con una capa blanca y perfecta. May-Day y Lucky 2 corrieron hacia el centro del jardín, mientras Peter y Kate se encargaban de las decoraciones exteriores que aún faltaban.

—¡Vamos a hacer el muñeco de nieve más grande de Queens! —anunció May-Day, empezando a rodar una bola de nieve.

Lucky 2 intentaba ayudar, pero su técnica consistía básicamente en cavar agujeros en la nieve y lanzarla hacia atrás con sus patas traseras, cubriendo a May-Day de polvo blanco.

Mientras la niña y el perro trabajaban, Peter y Kate terminaban de colgar una guirnalda de luces led reforzadas en el porche.

—¿Recuerdas nuestra primera Navidad juntos? —preguntó Peter, asegurando un cable con un trozo pequeño de telaraña invisible—. Estábamos tratando de no morir a manos de la mafia del chándal y comiendo pizza fría en un apartamento que olía a perro mojado.

—Fue la mejor Navidad de mi vida hasta que llegó esta —respondió Kate, apoyando la cabeza en el hombro de su marido—. Aunque admito que tener calefacción central y no tener a Kingpin tratando de matarnos es una mejora considerable.

—¡Miren! —gritó May-Day desde el jardín—. ¡Es el tío Clint!

No era Clint Barton en persona, sino un muñeco de nieve que la niña había construido con una rama larga que imitaba un arco y una bufanda morada.

—Tiene su misma expresión de cansancio —comentó Peter, riendo—. Es un trabajo excelente, May.

A media mañana, el teléfono de la casa comenzó a sonar con videollamadas. Primero fue la tía Yelena, quien aparecía en pantalla desde un lugar nevado que parecía mucho más hostil que Nueva York.

—¡Feliz Navidad, pequeña araña! —saludó Yelena. Llevaba un gorro de piel y estaba comiendo algo que parecía una salchicha muy picante—. ¿Cómo está el sabueso? Espero que no lo hayan convertido en un peluche blando.

—¡Lleva astas de reno, tía Yelena! —May-Day giró la cámara hacia Lucky 2, quien en ese momento estaba intentando morder un copo de nieve.

Yelena guardó silencio un segundo, procesando la imagen.

—Parker, te voy a matar. Estás destruyendo su dignidad táctica. Pero... se ve aceptable. May-Day, te envié un paquete que llegará por correo especial. No lo abras cerca de tu padre, contiene cosas que hacen ruido.

—¡Gracias, tía Yelena!

Luego fue el turno de América Chávez, quien llamó desde un portal abierto en lo que parecía una playa de arena azul.

—¡Feliz Navidad a todos! —gritó América, con el sonido de las olas de fondo—. May, te traje una estrella de mar de la Dimensión 12, pero no te preocupes, no muerde... mucho. La dejaré en el porche en cinco minutos.

—¡América, nada de criaturas biológicas de otros universos como regalo! —advirtió Peter, pero la joven ya había colgado con una sonrisa traviesa.

El almuerzo fue una comida reconfortante y sencilla para recuperar fuerzas: papas hervidas con mantequilla y perejil, pechugas de pollo a la plancha con hierbas y una porción generosa de arroz frito que Peter había aprendido a hacer siguiendo una receta de Ned.

—Muy bien, equipo —dijo Kate mientras limpiaba la mesa—. Ahora viene la parte importante del día. La selección de cine navideño. May, Lucky, el salón es suyo. Peter y yo tenemos una cita con un pavo y mucho relleno en la cocina.

May-Day se tomó su tarea muy en serio. Se sentó en la alfombra con una pila de DVDs y servicios de streaming abiertos, mientras Lucky 2 se echaba a su lado, actuando como crítico cinematográfico silencioso.

—Primero veremos *Mi Pobre Angelito* —decidió la niña—, porque el niño pone trampas como tú, papá. Luego *El Grinch*, porque se parece al tío Logan cuando no ha tomado café. Y para la cena, *Duro de Matar*, porque mamá dice que es la mejor película de Navidad de la historia aunque tú digas que no.

Desde la cocina, se escuchó la risa de Kate.

—¡Esa es mi hija! ¡Tiene un gusto impecable!

—¡Es una película de acción que ocurre en Navidad, no es una película navideña! —protestó Peter mientras empezaba a preparar el relleno del pavo.

—Parker, no empieces una guerra que no puedes ganar —le advirtió Kate, pasándole el hilo de cocina—. Concéntrate en el ave.

Mientras los adultos se sumergían en los preparativos de la cena —un proceso que involucraba mucha harina, discusiones sobre el tiempo de cocción y besos robados entre picar cebolla y lavar platos—, el patio trasero volvió a llamar a May-Day.

La nieve seguía cayendo con suavidad, creando el escenario perfecto para un conflicto bélico de baja intensidad.

—¡Prepárate, Lucky! —desafió May-Day, poniéndose sus guantes térmicos—. ¡Es la guerra!

La niña comenzó a fabricar proyectiles de nieve con una velocidad asombrosa. Lucky 2, entendiendo perfectamente el juego, empezó a saltar de un lado a otro, esquivando las bolas de nieve con movimientos zigzagueantes que delataban su entrenamiento.

—¡Te tengo! —gritó May-Day, lanzando una bola que impactó suavemente en el lomo del perro.

Lucky 2 respondió corriendo a toda velocidad hacia ella, derribándola sobre un montón de nieve blanda y lamiéndole la cara con entusiasmo. Las risas de la niña llenaban el aire frío, mezclándose con los ladridos juguetones del cachorro.

Desde la ventana de la cocina, Peter y Kate se detuvieron un momento para observar la escena.

—Mira eso —susurró Peter, abrazando a Kate por la cintura—. A veces olvido lo afortunados que somos.

—No lo olvidamos, Peter —respondió ella, apoyando la cabeza en su pecho—. Lo construimos. Cada día, desde que decidimos que esto era más importante que cualquier otra cosa.

—¿Crees que ella querrá ser como nosotros algún día? —preguntó Peter, mirando a May-Day, que ahora intentaba enseñarle a Lucky 2 a hacer ángeles de nieve.

—Creo que ella va a ser mejor que nosotros —dijo Kate con convicción—. Tiene tu corazón y mi puntería. Y, sobre todo, tiene una familia que no la va a dejar sola.

La tarde avanzó hacia una noche estrellada y gélida. La casa estaba impregnada del olor a pavo asado, canela y madera quemada de la chimenea. El árbol resplandecía, proyectando sombras de colores sobre los regalos que pronto serían abiertos.

May-Day y Lucky 2 entraron en la casa, empapados de nieve y con las mejillas rojas por el frío, pero con una felicidad que iluminaba la habitación más que cualquier guirnalda led.

—Es hora de la cena —anunció Peter, saliendo de la cocina con el pavo perfectamente dorado—. Y después... después veremos si Santa Claus dejó algo especial para una niña que sabe hacer guerras de nieve y para un reno que es un experto en seguridad.

La cena de Navidad de los Parker-Bishop no era solo una comida; era la celebración de un legado, de una paz ganada a pulso y de un futuro que, aunque incierto como el multiverso mismo, se sentía más brillante que nunca bajo el techo de aquel hogar en Queens.

—Feliz Navidad, familia —dijo Peter, levantando su copa de jugo espumoso.

—Feliz Navidad —respondieron Kate y May-Day al unísono, mientras Lucky 2 soltaba un ladrido festivo, haciendo que sus astas de reno finalmente se cayeran sobre su nariz, provocando la última gran carcajada del día.