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Your lack of memory

Entre Sombras de Lealtad y el Rugido del Estadio

El apartamento de Chuuya en los límites de la ciudad era un espacio minimalista, casi gélido, que reflejaba la eficiencia que Mori Ougai esperaba de él. No había fotografías, ni recuerdos personales; solo lo esencial para un arma que necesitaba mantenimiento. Pero esa noche, el aire se sentía más pesado que de costumbre, y no era por el uso de su Don.

Chuuya cerró la puerta tras de sí y se quedó inmóvil en el recibidor. Las luces estaban apagadas, pero el aroma a desinfectante y un perfume costoso delataban la presencia de un intruso.

—Has tardado, Chuuya-kun. —La voz surgió de la penumbra del salón, suave y melodiosa, cargada de una falsa calidez que le erizó la piel—. Me han dicho que te has vuelto muy popular en la U.A. El "torbellino de gravedad", lo llaman algunos.

Chuuya se quitó la gorra con lentitud y avanzó hacia la estancia. Mori Ougai estaba sentado en su sillón favorito, cruzado de piernas, con un sobre de manila descansando sobre su regazo.

—Solo estoy cumpliendo con el papel que me asignaste, Boss —respondió Chuuya, manteniendo la voz firme a pesar del nudo en su estómago—. Para infiltrarse, hay que destacar lo suficiente como para ser aceptado.

Mori se levantó con una elegancia felina. Dejó el sobre sobre la mesa; Chuuya pudo ver fotos de él en el centro de entrenamiento, y una en particular que lo hizo palidecer: él sentado junto a la cama de Midoriya en la enfermería.

—Destacar es una cosa, Chuuya-kun —dijo Mori, acercándose hasta quedar a escasos centímetros de él—. Pero mostrar debilidad, crear vínculos emocionales con el "enemigo"... eso es un error estratégico que no puedo permitir. Te envié allí para ser mis ojos, no para jugar a los héroes con un niño que ni siquiera puede controlar su propio poder.

—No es un vínculo —replicó Chuuya entre dientes, apretando los puños—. Es observación directa. Midoriya es el sucesor de All Might. Mantenerlo cerca es...

El golpe fue tan rápido que Chuuya apenas tuvo tiempo de verlo venir. No usó su Don para defenderse; sabía que eso solo empeoraría las cosas. El puño de Mori impactó en su estómago, sacándole el aire, seguido de un golpe seco en el rostro que lo envió al suelo.

—No me mientas —susurró Mori, su voz ahora desprovista de toda amabilidad—. Te recogí de las calles, te di un propósito. Te permití entrar en esa escuela para que fueras mi pieza reina, no para que te convirtieras en un humano vulgar.

Chuuya sintió el sabor metálico de la sangre en su boca. Durante los siguientes minutos, el apartamento se convirtió en una cámara de "reajuste". Mori no usaba armas; usaba sus manos y sus palabras, recordándole a Chuuya cada segundo de dolor que había pasado en el laboratorio y cómo él era el único que podía protegerlo de volver allí. Eran golpes precisos, diseñados para doler y dejar hematomas que el uniforme de la U.A. pudiera ocultar al día siguiente.

Cuando Mori terminó, se ajustó la corbata y miró a Chuuya, que respiraba con dificultad sobre la alfombra.

—Mañana anunciarán el Festival Deportivo —dijo Mori, limpiándose las manos con un pañuelo—. Participarás. Y no solo participarás, Chuuya-kun. Ganarás. Quiero que el mundo vea tu poder, quiero que la U.A. confíe plenamente en su nuevo "prodigio". Si fallas en demostrar tu superioridad absoluta, entenderé que la influencia de esos niños te ha ablandado... y tendré que retirarte del tablero de forma permanente.

Mori salió del apartamento sin mirar atrás. Chuuya se quedó solo en la oscuridad, rodeado por el silencio y el peso de una lealtad que se sentía como una soga al cuello. Se arrastró hasta el baño, mirándose al espejo. Tenía un corte en el labio y un hematoma formándose en su pómulo.

—Maldito viejo... —murmuró, activando su Don brevemente para aliviar la presión en sus costillas.

Pensó en Izuku. Pensó en esa sonrisa torpe y en la forma en que el peliverde se esforzaba hasta romperse. Comparado con la oscuridad de Mori, Izuku era un sol cegador. Y Chuuya, atrapado en su propia gravedad, no sabía si quería acercarse a esa luz o alejarse de ella para no terminar quemándola.

***

Al día siguiente, el ambiente en la clase 1-A era eléctrico. Aizawa, envuelto en sus vendas, anunció lo que todos esperaban: el Festival Deportivo de la U.A. estaba a la vuelta de la esquina.

—¡Es nuestra oportunidad para que los profesionales nos vean! —gritó Kirishima, entusiasmado.

Chuuya estaba sentado al fondo, con la gorra más calada que de costumbre. El maquillaje que había aplicado para ocultar los golpes de la noche anterior era perfecto, pero el dolor sordo en sus costillas persistía cada vez que respiraba hondo.

—¡Nakahara-kun! —Izuku se acercó a su pupitre durante el descanso, con los ojos brillando de emoción—. ¿Escuchaste? ¡El festival! Es la oportunidad perfecta para mostrar lo que podemos hacer. Aunque... —su expresión se ensombreció un poco al notar la rigidez en la postura de Chuuya—. ¿Estás bien? Te ves un poco pálido.

Chuuya levantó la vista. Ver la preocupación genuina en los ojos de Izuku era como recibir una descarga eléctrica.

—Estoy bien, brócoli —respondió con brusquedad, desviando la mirada—. Solo no dormí bien. Y no te emociones tanto. El festival no es un juego. Es una carnicería televisada.

Izuku parpadeó, sorprendido por el tono amargo del pelirrojo. Se sentó en el pupitre de al lado, bajando la voz.

—Sé que es difícil. Pero es el camino para ser héroes, ¿no? Tú fuiste increíble en el entrenamiento contra Todoroki-kun. Si te esfuerzas así en el festival, seguro que recibirás muchísimas ofertas de las agencias.

Chuuya soltó una risa seca, casi inaudible.

—Las ofertas no me importan. Solo estoy aquí porque tengo que estarlo.

—No te creo —dijo Izuku con una seriedad que detuvo a Chuuya—. Te vi cuando me atrapaste en el examen. No lo hiciste porque alguien te lo ordenara. Lo hiciste porque te importaba. Tienes el corazón de un héroe, Nakahara-kun, aunque intentes ocultarlo bajo esa gorra.

Chuuya sintió que su corazón daba un vuelco. Se levantó bruscamente, haciendo que la silla chirriara contra el suelo.

—No sabes nada sobre mí, Midoriya —dijo, usando su apellido como una barrera—. No proyectes tus ideales en mí. Yo no soy como tú. No soy un "buen chico" que busca salvar al mundo. Solo soy alguien que sobrevive.

Salió del aula a zancadas, dejando a Izuku confundido y con el brazo extendido, como si intentara alcanzar algo que se desvanecía en el aire.

Las semanas previas al festival fueron un infierno de entrenamiento. Chuuya se llevó al límite, practicando en solitario en zonas industriales abandonadas. No entrenaba para ser un héroe; entrenaba para ser el arma que Mori exigía. Manipulaba la gravedad de edificios enteros, aplastaba maquinaria vieja y refinaba su control hasta que podía detener una bala en el aire sin pestañear.

Pero cada noche, cuando regresaba a su apartamento vacío, el recuerdo de las palabras de Izuku lo perseguía. "Tienes el corazón de un héroe".

El día del festival, el estadio de la U.A. rugía con la fuerza de miles de voces. Chuuya estaba en el túnel de salida con sus compañeros. El traje de gimnasia de la escuela le quedaba un poco holgado, pero se sentía como una armadura. Al frente del grupo, Bakugo e Izuku emanaban una tensión palpable.

—¡Hagan su mejor esfuerzo! —gritó Iida, tratando de animar al grupo.

Chuuya se mantuvo en la retaguardia. Sus ojos buscaron entre la multitud en las gradas superiores. Sabía que los informantes de Mori estarían allí, vigilando cada uno de sus movimientos. Si no ganaba, si no humillaba a sus oponentes, el castigo de la noche anterior sería solo el comienzo.

—¡COMIENCEN! —El grito de Present Mic dio inicio a la primera prueba: la carrera de obstáculos.

Chuuya no esperó. En cuanto la puerta se abrió y el embotellamiento comenzó, él simplemente puso una mano en la pared del túnel.

—Gravedad cero —susurró.

Se impulsó por encima de las cabezas de todos, flotando con una elegancia que contrastaba con los empujones y gritos de abajo. En el aire, vio a Todoroki congelar el suelo para inmovilizar a los demás.

—Buen intento, mitad y mitad —dijo Chuuya mientras pasaba volando sobre él.

Los robots de cero puntos aparecieron poco después. Mientras los demás buscaban formas de rodearlos o destruirlos con esfuerzo, Chuuya aterrizó sobre la cabeza de uno de ellos. Con un solo toque, aumentó la gravedad del robot mil veces. La máquina colapsó sobre sí misma, convirtiéndose en una bola de metal compacta en cuestión de segundos.

Chuuya siguió adelante, moviéndose con una velocidad que rozaba lo sobrenatural. Pero a pesar de su ventaja, no podía evitar mirar hacia atrás. Izuku estaba usando los restos de los robots y las minas del campo para impulsarse, arriesgando su integridad física con tal de no quedarse atrás.

—Ese idiota va a matarse —masculló Chuuya, sintiendo una punzada de admiración que intentó sofocar.

La carrera terminó con Izuku en primer lugar gracias a una maniobra suicida con las minas, seguido de cerca por Todoroki y Bakugo. Chuuya entró en cuarto lugar, manteniendo un perfil bajo pero letal. Había cumplido con la orden de destacar, pero había dejado que Izuku se llevara la gloria principal. "Mori no estará contento con el cuarto puesto", pensó con una mueca.

La siguiente prueba, la batalla de caballería, fue donde las cosas se complicaron. Izuku, al tener los diez millones de puntos, era el objetivo de todos.

—¡Nakahara-kun! —lo llamó Izuku mientras los equipos se formaban—. ¿Quieres... quieres estar en mi equipo?

Chuuya lo miró, sorprendido. A su alrededor, todos veían a Izuku como una presa. Unirse a él significaba ser el centro de atención de todo el estadio. Significaba luchar contra todos a la vez.

—Si me uno a ti, seremos el blanco de todos los ataques —dijo Chuuya, caminando hacia él—. Es una estrategia estúpida.

—Lo sé —respondió Izuku, limpiándose el sudor de la frente, con una mirada llena de una resolución inquebrantable—. Pero confío en ti. Sé que con tu gravedad podemos volar sobre ellos. Por favor.

Chuuya suspiró, ajustándose los guantes. Miró hacia las gradas, donde la sombra de Mori parecía acechar en cada rincón oscuro. Luego miró a Izuku, que le tendía la mano con esperanza.

—Está bien, brócoli. Pero más te vale no soltar esa cinta o yo mismo te lanzaré a la estratosfera.

El equipo se formó con Izuku como jinete, y Chuuya, Uraraka y Tokoyami como base. Fue una batalla frenética. Chuuya usó su Don para aligerar el peso de todo el equipo, permitiendo que Uraraka se moviera con una agilidad increíble, mientras él mismo manipulaba la gravedad de los oponentes que se acercaban demasiado, haciéndolos sentir tan pesados que sus movimientos se volvían torpes.

En los últimos minutos, el equipo de Todoroki los acorraló. El aire se volvió frío y caliente al mismo tiempo.

—¡Dámela, Midoriya! —rugió Todoroki, lanzando un muro de hielo.

—¡Chuuya, ahora! —gritó Izuku.

Chuuya puso sus manos en el suelo.

—¡Campo de gravedad inversa!

El hielo de Todoroki, en lugar de avanzar por el suelo, comenzó a flotar y romperse hacia arriba. El equipo de Izuku se elevó en el aire, escapando de la trampa. Desde las alturas, Chuuya pudo ver la cara de asombro de todo el público. En ese momento, no estaba pensando en Mori, ni en la mafia, ni en su pasado. Estaba disfrutando de la adrenalina, de la coordinación perfecta con sus compañeros.

Lograron calificar para la ronda final. Mientras caminaban hacia el área de descanso, Izuku se acercó a Chuuya, jadeando pero con una sonrisa radiante.

—¡Lo hicimos! ¡Nakahara-kun, estuviste increíble! Ese movimiento final... nunca había visto algo así.

Chuuya sintió que el peso en su pecho se aligeraba un poco.

—No fue nada —respondió, aunque no pudo evitar que una pequeña sonrisa apareciera en su rostro—. Solo hice lo que tenía que hacer.

—No, fue más que eso —insistió Izuku, deteniéndose frente a él—. Trabajamos juntos. Como héroes.

Chuuya se quedó callado. La palabra "héroe" seguía sonando extraña en sus oídos, como un idioma que no terminaba de aprender. Pero al mirar a Izuku, empezó a pensar que quizás, solo quizás, podría intentar hablarlo.

Sin embargo, la realidad volvió a golpearlo cuando vio a un hombre vestido de negro observándolo desde la entrada del túnel. Un subordinado de Mori. El hombre simplemente asintió y señaló su reloj. El mensaje era claro: "Se acaba el tiempo para los juegos. Gana el torneo individual o atente a las consecuencias".

Chuuya apretó los dientes. El torneo individual estaba por comenzar. Su primer oponente sería decidido pronto.

—Escucha, Izuku —dijo Chuuya, usando su nombre de pila por primera vez de forma consciente frente a él—. En la siguiente ronda, no habrá equipos. Si nos toca enfrentarnos... no me contendré.

Izuku asintió, su expresión volviéndose seria pero respetuosa.

—Yo tampoco. Quiero ver todo tu poder, Chuuya.

El pelirrojo se dio la vuelta y caminó hacia la oscuridad del túnel de preparación. Sabía que lo que venía a continuación sería una prueba no solo de su fuerza, sino de su voluntad. Tenía que ganar para satisfacer a Mori y mantenerse a salvo, pero también quería luchar con todo lo que tenía para demostrarle a Izuku —y a sí mismo— que no era solo un arma.

Mientras se preparaba, Chuuya Nakahara sintió que la gravedad de su vida estaba cambiando de eje. Ya no era solo la presión de la mafia lo que lo movía. Ahora, había un impulso verde y pecoso que lo empujaba a querer algo más. Y en la arena de la U.A., bajo la mirada de todo el mundo, Chuuya estaba listo para demostrar que incluso la gravedad más pesada podía ser desafiada si se tenía una razón para volar.

—Que gane el mejor, brócoli —susurró para sí mismo, mientras su ojo azul brillaba con una determinación que ningún abuso de Mori podría apagar jamás.