La matriarca no repite errores
La Daga de la Araña y el Despertar del Dragón
El silencio que siguió a la partida del Rey era una ilusión. Invernalia, aunque vacía de la pompa real, bullía con una actividad frenética bajo la dirección de Catelyn. Los sótanos se llenaban de grano, las armerías no daban abasto y los exploradores regresaban con informes que solo ella sabía interpretar. Sin embargo, las palabras de Bran en el Bosque de Dioses habían sembrado una semilla de duda en su mente: *«No eres la única que ha regresado de la oscuridad»*.
Catelyn se encontraba en su solar, revisando un mapa de las Ciudades Libres. Si sus recuerdos eran exactos, al otro lado del Mar Angosto, una joven Daenerys Targaryen estaba a punto de casarse con un Khal de los jinetes de sangre. En su vida anterior, Catelyn apenas había prestado atención a los rumores de los dragones hasta que fue demasiado tarde. Esta vez, no cometería el mismo error.
—Madre, el maestre Luwin dice que los hombres de Puerto Blanco han llegado —dijo Robb, entrando en la habitación con el rostro encendido por el frío—. Lord Manderly envía a sus ingenieros. Dicen que nunca habían visto a una dama interesarse tanto por la logística de los astilleros.
Catelyn levantó la vista y sonrió a su primogénito. Robb se veía cada día más como un hombre, su mandíbula se volvía más cuadrada y su mirada más firme.
—La logística gana guerras, Robb, no solo las espadas —respondió ella, indicándole que se acercara—. Tu padre está en el sur, rodeado de serpientes. Nosotros somos el muro que lo sostiene. Si el Norte es fuerte, ellos no se atreverán a golpearlo.
—¿Crees que los Lannister intentarán algo contra él? —preguntó Robb, bajando la voz—. Jon escribió desde el Camino Real. Dice que el ambiente en la comitiva es tenso. Que la Reina apenas habla y que el Matarreyes lo observa como si fuera una presa.
—Los Lannister siempre están intentando algo, Robb. Pero Jon tiene a *Garra* y tiene mis instrucciones. —Catelyn suspiró, sintiendo un peso en el pecho—. Lo que me preocupa no es lo que vemos, sino lo que se oculta en los rincones oscuros.
Un golpe seco en la puerta interrumpió la conversación. Era el maestre Luwin, con un pequeño rollo de pergamino atado con seda negra. Su rostro estaba pálido.
—Milady, ha llegado un cuervo de Desembarco del Rey. No es de Lord Eddard.
Catelyn tomó el mensaje. Al romper el sello, reconoció la caligrafía elegante y sinuosa de Petyr Baelish. Sus dedos temblaron levemente, no de miedo, sino de una rabia antigua que amenazaba con consumirla.
*«Cat, las flores de la capital extrañan la frescura del Tridente. Hay sombras en la corte que incluso tu esposo no puede ver. Si deseas proteger lo que amas, recuerda que un pajarito me ha contado sobre tus "visiones". Nos veremos pronto.»*
—¿Qué dice, madre? —preguntó Robb, notando cómo el rostro de Catelyn se transformaba en una máscara de piedra.
—Dice que el pasado se niega a morir —respondió ella, arrojando el papel al fuego—. Robb, necesito que vayas a las criptas. Saca a los hombres de confianza y diles que vigilen cada entrada de Invernalia. No quiero que ni un ratón entre sin que yo lo sepa. Petyr Baelish sabe que estoy jugando, y él es un hombre que no soporta perder el control del tablero.
Mientras Robb salía a cumplir sus órdenes, Catelyn se quedó mirando cómo las llamas devoraban el mensaje de Meñique. Él sabía algo. ¿Cómo podía saber de sus visiones? A menos que, como sugirió Bran, hubiera otros que recordaran. O quizás, Petyr simplemente era lo suficientemente astuto como para notar el cambio en ella desde la distancia.
Días después, la rutina de Invernalia se vio alterada por una llegada inesperada. No era un ejército, ni un gran señor, sino un hombre solo, vestido con harapos y montado en un caballo famélico. Fue detenido en las puertas, pero cuando levantó la vista, los guardias retrocedieron por el terror que emanaba de sus ojos.
Catelyn bajó al patio para encontrarse con el desconocido. Era un hombre joven, pero su cabello era blanco como el hueso y su piel estaba cubierta de cicatrices de quemaduras.
—¿Quién eres y qué buscas en el hogar de los Stark? —preguntó Catelyn, sintiendo una extraña vibración en el aire, similar a la que sintió cuando regresó de la muerte.
El hombre se bajó del caballo con dificultad y cayó de rodillas frente a ella.
—Vengo de las cenizas, Lady Stark —dijo con una voz que sonaba como el crujir de la madera quemada—. El Cuervo me dijo que encontraría a la Loba que Despertó.
Catelyn sintió un escalofrío. Miró a su alrededor; los guardias estaban demasiado lejos para oír, pero Robb ya se acercaba con la mano en el pomo de su espada.
—¿Quién te envía? —insistió ella, bajando la voz.
—Nadie me envía. He escapado de la Ciudad de los Huesos, en el este. He visto a los dragones nacer en el fuego, pero no son los únicos que han vuelto. —El hombre levantó la cabeza, y Catelyn vio que sus ojos no eran de un color humano común, sino de un violeta pálido y turbio—. Hay una sombra en Rocadragón que habla con la voz de una mujer roja. Ella también sabe que el tiempo se ha doblado.
—¿Hablas de Melisandre de Asshai? —preguntó Catelyn, recordando a la mujer que había guiado a Stannis a su perdición.
—Hablo de la muerte que camina —dijo el extraño—. Ella busca al que fue prometido, pero sus ojos están nublados por el humo. Tú... tú tienes la claridad del hielo.
Catelyn hizo una señal a los guardias para que se llevaran al hombre a una celda cómoda, no como prisionero, sino como alguien que necesitaba protección. Se giró hacia Robb, que la miraba con confusión.
—Madre, ¿quién es ese hombre? Parece un loco.
—Es un aviso, Robb. Los dioses no solo me han dado visiones a mí. El mundo se está despertando, y las piezas que creía tener controladas se están moviendo por su cuenta.
Esa noche, Catelyn no pudo dormir. Se sentó en su cama, mirando la oscuridad. Sus pensamientos volaron hacia el sur, hacia Jon. Si Melisandre ya estaba activa y si Petyr sospechaba de ella, Jon estaba en un peligro mucho mayor de lo que había previsto. Jon era la clave, el hijo del hielo y el fuego, y si la Mujer Roja ponía sus ojos en él antes de que estuviera listo, lo destruiría para alimentar sus hogueras.
Se levantó y caminó hacia el espejo. Su reflejo seguía siendo el de una mujer joven, una belleza eterna que era el sello de su pacto con los dioses. Pero por dentro, se sentía milenaria.
—No permitiré que lo toquen —susurró—. Ni la Araña, ni la Mujer Roja, ni los Leones.
De repente, una sombra se movió en el rincón de su habitación. Catelyn reaccionó con una rapidez que no poseía en su vida anterior; tomó una pequeña daga de obsidiana que siempre guardaba bajo su almohada y se lanzó hacia la figura.
La sombra esquivó el golpe con una gracia inhumana y se colocó bajo la luz de la luna que entraba por la ventana. Era una mujer, vestida con ropajes oscuros y una máscara de madera pintada con símbolos extraños.
—No he venido a matarte, Catelyn Stark —dijo la mujer. Su voz era como un susurro de hojas secas.
—¿Quién eres? —demandó Catelyn, sin bajar el arma.
—Soy Quaithe de la Sombra. Vengo de Asshai, pero mis pasos siguen el rastro de los que caminan entre dos vidas.
Catelyn bajó ligeramente la daga, pero mantuvo los músculos tensos. Había oído hablar de los encuadernadores de sombras, pero nunca pensó que vería a uno en el corazón del Norte.
—¿Qué quieres de mí?
—Darte una advertencia que tus visiones no pueden alcanzar. Estás intentando salvar a los lobos, pero para que el lobo viva, el dragón debe volar. Si intentas separar a Jon Snow de su destino de fuego, lo condenarás a una oscuridad que ni siquiera tú puedes imaginar.
—Jon es mi hijo —dijo Catelyn con ferocidad—, por juramento y por amor. Lo protegeré de los Lannister y de los caminantes blancos.
—Lo protegerás de los hombres, pero ¿quién lo protegerá de ti? —Quaithe se acercó, y Catelyn pudo ver sus propios ojos reflejados en la máscara de la mujer—. Estás cambiando el pasado, Catelyn. Pero el destino es como un río; si pones una piedra para desviar el agua, esta simplemente buscará otro camino, a menudo uno más violento. El precio de la vida de Bran será pagado. El precio de la seguridad de Ned será pagado.
—¿Cuál es el precio? —preguntó Catelyn, su voz temblando por primera vez.
—La sangre de la inocencia. Para que el Norte se mantenga, un Stark debe caer. No puedes salvarlos a todos. Elige bien a quién sacrificas, o los dioses elegirán por ti.
Con esas palabras, la mujer pareció disolverse en las sombras de la habitación. Catelyn corrió hacia el rincón, pero no había nadie. La ventana estaba cerrada y el aire estaba cargado con el olor a canela y sangre.
Catelyn se dejó caer al suelo, abrazándose a sí misma. El peso de su conocimiento se volvió casi insoportable. Había regresado para salvar a su familia, para evitar las decapitaciones, las bodas rojas y las traiciones. Pero ahora, las fuerzas del mundo —fuerzas que ella apenas comprendía— le decían que el sacrificio era inevitable.
—No —susurró con terquedad—. No elegiré. Los salvaré a todos, aunque tenga que arrancar los hilos del destino con mis propias manos.
A la mañana siguiente, Catelyn bajó al patio con una determinación renovada. Llamó a Robb y a Arya.
—Arya, a partir de hoy, no habrá más lecciones de costura. Entrenarás con el maestro de armas cada hora que no estés estudiando historia. Robb, quiero que envíes un mensaje a Lord Reed en el Cuello. Dile que la Loba de Invernalia solicita su presencia. Necesito a los crannogmen.
—¿Por qué ahora, madre? —preguntó Arya, con los ojos brillando de emoción.
—Porque la guerra no ha empezado en los campos de batalla, hija mía. Ha empezado en nuestras almas. Y necesito a Howland Reed porque él es el único hombre vivo que conoce la verdad que tu padre guarda en su corazón.
Catelyn sabía que revelar el origen de Jon era la jugada más peligrosa de todas. Podía unir al reino o despedazarlo. Pero si Meñique y Melisandre estaban moviendo sus fichas, ella no podía permitirse el lujo de ser cautelosa.
Mientras tanto, en el sur, un cuervo llegó a las manos de Jon Snow en Desembarco del Rey. No llevaba el sello de los Stark, sino una pequeña marca que solo él y Catelyn reconocerían: una hoja de arciano grabada en el lacre.
Jon abrió la carta en la privacidad de sus aposentos, bajo la luz de una vela.
*«Jon, la Araña teje su red y el León afila sus garras. No confíes en nadie que hable de honor en la capital, pues allí el honor es un cadáver. Busca a la niña que vende ostras en el puerto; ella te llevará ante un hombre que sabe de barcos y de dragones. Escucha lo que tiene que decir, pero no entregues tu corazón. Recuerda quién eres, pequeño lobo. El invierno no es lo único que se acerca; nosotros somos el invierno.»*
Jon quemó la carta, sintiendo el peso de *Garra* en su costado. Miró por la ventana hacia la Fortaleza Roja, donde las luces de los Lannister brillaban con una falsa calidez.
—Lo haré, madre —susurró—. Por ti y por el Norte.
De vuelta en Invernalia, Catelyn observaba cómo la nieve empezaba a cubrir el patio. Sabía que cada decisión que tomaba alejaba al mundo de la historia que ella recordaba. Bran no estaba lisiado, Jon estaba en la capital con acero valyrio, y ella misma era una figura de leyenda que los hombres empezaban a temer.
Pero el susurro de Quaithe seguía resonando en sus oídos: *«Un Stark debe caer»*.
Catelyn miró hacia las criptas, donde los antiguos reyes del invierno descansaban en su sueño de piedra. Ella había burlado a la muerte una vez, pero la muerte era una acreedora paciente.
—Si un Stark debe caer para que el resto viva —dijo Catelyn al viento gélido—, que sea yo. Ya he muerto una vez; no me asusta volver a hacerlo si eso significa que mis hijos verán la primavera.
En ese momento, un grito desgarrador rompió el silencio del castillo. Catelyn corrió hacia las perreras, donde los lobos huargos estaban aullando al unísono, un sonido de agonía y advertencia. En el centro del patio, el extraño de ojos violetas estaba de pie, señalando hacia el cielo.
—¡Mirad! —gritó el hombre—. ¡El cometa sangriento! ¡El heraldo del fin!
Catelyn levantó la vista y vio una estela roja cruzando el firmamento, una herida sangrante en el cielo del Norte. En su vida anterior, el cometa anunció la guerra de los cinco reyes. Esta vez, sabía que anunciaba algo mucho más grande: el despertar de los dragones y el regreso de la magia.
—Que empiece —dijo Catelyn, sus ojos azules brillando con una luz que no era de este mundo—. Estoy lista.
La loba de Invernalia se irguió, rodeada de sus hijos y sus lobos, mientras el mundo empezaba a arder bajo el signo del cometa. El juego de tronos había terminado; la lucha por la supervivencia acababa de comenzar, y Catelyn Stark era la única que conocía el precio de la victoria. Ella no era solo una madre, ni solo una lady; era la guardiana de un futuro que se negaba a ser escrito, una mujer forjada en el dolor y renacida en la esperanza, dispuesta a desafiar a los mismos dioses para salvar lo que amaba.
El invierno estaba allí, y ella era su corazón más ardiente.