La matriarca no repite errores
El Tridente de Hielo y la Sombra del Trono
El cometa rojo cortaba el cielo como una herida abierta sobre el horizonte de Invernalia. Catelyn Stark lo observaba desde la muralla, sintiendo cómo el frío del Norte, ese frío que ella misma parecía encarnar ahora, le calaba los huesos. En su vida anterior, aquel astro había sido llamado el «Mensajero de la Sangre», el presagio de la guerra de los cinco reyes. Pero ahora, con el conocimiento de lo que vendría, Catelyn sabía que era mucho más: era el despertar de la magia, el llanto de los dragones y el inicio del fin de un mundo que ella intentaba desesperadamente reconstruir.
—Madre, los hombres tienen miedo.
Robb se detuvo a su lado. Su armadura de cuero y acero estaba húmeda por la aguanieve. A sus dieciséis años, Robb Stark ya no era el joven impetuoso que recordaba; bajo la tutela de una madre que hablaba con la autoridad de los dioses, se había convertido en un líder reflexivo, aunque la sombra de la duda aún bailaba en sus ojos azules.
—El miedo es una respuesta natural ante lo que no se comprende, Robb —respondió Catelyn sin apartar la vista del cielo—. Pero nosotros no tenemos ese lujo. El cometa no es una señal de nuestra caída, sino una antorcha que ilumina el camino de nuestros enemigos.
—Has ordenado que los herreros dejen de forjar acero común —dijo Robb, bajando la voz para que los guardias no oyeran—. Ahora solo trabajan con la obsidiana que trajeron de Rocadragón. Los banderizos preguntan por qué nos preparamos para luchar contra fantasmas cuando los leones están en el sur.
Catelyn se giró hacia él. Su rostro, inmaculado y sin una sola arruga a pesar de los años, resplandecía bajo la luz rojiza del cometa.
—Los leones son peligrosos, pero son mortales, Robb. Se les puede cortar el cuello y verlos sangrar. Pero lo que viene del Norte... lo que viene con el verdadero invierno no sangra. No duerme. No se detiene. —Puso una mano fría sobre el brazo de su hijo—. Tu padre y Jon se encargarán de los hombres en Desembarco del Rey. Nosotros nos encargaremos de la supervivencia de la especie.
—¿Confías tanto en Jon? —preguntó Robb con una pizca de la antigua rivalidad—. Es solo un Snow en una ciudad de espejos.
—Jon es el acero que yo misma templé en el fuego de mi arrepentimiento —sentenció Catelyn—. Confío en él porque su destino está ligado al nuestro por hilos que ni siquiera los Lannister pueden cortar.
Mientras tanto, a miles de leguas al sur, el aire de Desembarco del Rey olía a podrido, a sal y a traición. Jon Snow caminaba por los pasillos de la Fortaleza Roja, sintiendo el peso de *Garra* en su cadera. El acero valyrio parecía vibrar cada vez que se cruzaba con algún miembro de la Guardia Real.
Había seguido las instrucciones de Catelyn al pie de la letra. No se separaba de Ned Stark, actuando más como su sombra que como su hijo. Ned, aunque confundido por la insistencia de su esposa en elevar a Jon, había terminado por aceptar su presencia como una bendición. En una corte donde cada sonrisa ocultaba un puñal, la lealtad inquebrantable de Jon era el único suelo firme que Ned pisaba.
—Padre, no deberías ir a esa reunión solo —dijo Jon, interceptando a Ned antes de que entrara en los aposentos del Consejo Privado.
Ned suspiró, frotándose la frente. Se veía demacrado; el sol del sur no le sentaba bien al lobo de Invernalia.
—Es solo una charla sobre los gastos del torneo, Jon. Meñique dice que...
—Meñique dice lo que le conviene para que bajes la guardia —interrumpió Jon con una firmeza que sorprendió a Ned—. Madre me advirtió sobre él. Dijo que su lengua es más peligrosa que la espada de Ser Jaime. Entraré contigo.
—Eres un bastardo, Jon. No tienes lugar en el Consejo.
—Entonces me quedaré tras la puerta, pero nadie entrará ni saldrá sin que yo lo vea. —Jon ajustó su capa—. Los dioses le dieron visiones a mi madre por una razón, padre. No las ignoremos ahora que estamos en la boca del león.
Ned asintió lentamente, reconociendo en Jon la misma determinación gélida que había empezado a definir a Catelyn.
—Está bien. Pero mantén la mano lejos del pomo de la espada. No queremos provocar un incidente antes de tiempo.
Dentro de la sala, Petyr Baelish esperaba con una sonrisa lánguida. Al ver a Jon apostado en la entrada, sus ojos brillaron con una curiosidad maliciosa. Lord Varys, sentado al otro lado, entrelazó sus manos regordetas dentro de sus mangas de seda.
—Lord Stark —dijo Meñique—, veo que traes a tu... fiel guardián. Es curioso, me recordáis tanto a vuestra esposa. Lady Catelyn siempre tuvo un instinto agudo para la protección. Aunque los rumores que llegan del Norte dicen que ha cambiado mucho. Dicen que ya no envejece. Que habla con los dioses.
—Mi esposa es una mujer devota, Lord Baelish —respondió Ned con voz ronca—. Y sus asuntos no son de vuestra incumbencia.
—Oh, todo es de mi incumbencia cuando afecta a la paz del reino —rio Petyr—. Pero hablemos de negocios. El Rey Robert desea un torneo en vuestro honor. Un gasto innecesario, según creo, pero el Rey es apasionado.
Jon, desde su posición, no escuchaba las palabras de Meñique; observaba sus manos. Catelyn le había enseñado que los mentirosos a menudo revelan la verdad en sus gestos más pequeños. Notó cómo Baelish jugueteaba con un pequeño sello de oro, el mismo que, según las visiones de Catelyn, se usaría para sellar la traición contra su padre.
De repente, una sensación de frío intenso recorrió la espalda de Jon. No era el frío del invierno, sino una presencia. Se giró y vio a una mujer vestida de rojo caminando por el pasillo exterior. Sus ojos parecían arder con una luz propia. Se detuvo un instante, mirando a Jon con una intensidad que le hizo llevar la mano a *Garra*.
—El príncipe que fue prometido —susurró la mujer, aunque Jon estaba demasiado lejos para oírla con claridad. Sus labios se movieron en una sonrisa que no era humana—. El hielo se ha vuelto fuego, y la madre ha despertado a la loba.
Jon parpadeó y la mujer desapareció tras una columna.
—¿Ocurre algo, Jon? —preguntó Ned, notando su agitación.
—Nada, padre. Solo una corriente de aire.
En Invernalia, Catelyn recibía a un invitado que nadie esperaba. Howland Reed, el Señor de Atalaya de Aguasgrises, había llegado finalmente. Era un hombre pequeño, de ojos verdes y profundos, que parecía cargar con el peso de mil años de secretos.
Catelyn lo recibió a solas en el Bosque de Dioses, bajo la mirada del arciano.
—Sabía que vendrías, Howland —dijo ella, ofreciéndole una copa de vino caliente.
—Vuestras cartas eran urgentes, milady. Y vuestra voz en ellas... no era la voz de la Catelyn que conocí durante la rebelión de Robert.
—Esa Catelyn murió, de una forma u otra —respondió ella, sentándose en una raíz del árbol—. Howland, necesito que me digas lo que pasó en la Torre de la Alegría. Necesito que me confirmes lo que los dioses ya me han mostrado en sueños de sangre y nieve.
Howland Reed guardó silencio durante un largo rato. El viento agitaba las hojas rojas del arciano, produciendo un sonido similar a un susurro.
—Ned juró protegerlo —dijo Howland finalmente—. Juró que el mundo nunca sabría que Jon no es su sangre, sino la de Lyanna y Rhaegar.
Catelyn cerró los ojos y dejó escapar un suspiro que había estado contenido por dos vidas. Aunque ya lo sabía, escucharlo de labios del único testigo vivo era la pieza final del rompecabezas.
—El secreto de Ned lo matará en el sur si no intervenimos —dijo Catelyn—. Los Lannister sospechan de la legitimidad de los hijos de Robert, y Ned usará el honor como escudo contra hombres que no saben lo que significa esa palabra.
—¿Qué pretendéis hacer? —preguntó Howland—. Si reveláis la verdad de Jon, Robert lo matará. Los Targaryen son una peste para él.
—No revelaré la verdad a Robert. Se la revelaré a Jon —Catelyn se puso en pie, su figura recortada contra el árbol corazón—. Jon necesita saber quién es para reclamar el poder que el Norte necesitará cuando los muertos crucen el Muro. Y tú, Howland, irás al sur. No como un señor, sino como un mensajero.
—¿Un mensajero de qué?
—De la justicia —respondió Catelyn con una sonrisa gélida—. Llevarás una prueba que Ned no podrá ignorar. Una prueba de que el honor sin inteligencia es solo un camino más rápido hacia la tumba.
Días después, la tragedia que Catelyn tanto temía empezó a manifestarse, pero de una forma distinta. Un cuervo llegó a Invernalia, pero no traía noticias de Desembarco del Rey, sino del Muro.
—El Lord Comandante Mormont ha muerto —dijo Robb, entregándole el mensaje a su madre—. Hablan de una revuelta. Y de algo más... dicen que los muertos se levantaron en el Castillo Negro.
Catelyn apretó el pergamino en su mano. Esto estaba sucediendo demasiado pronto. En su vida anterior, Jon estaba allí para detenerlo. Ahora, el Muro estaba debilitado y sin liderazgo.
—Prepara a los hombres, Robb —ordenó Catelyn—. No esperaremos a que el Rey nos llame. Marcharemos hacia el Muro.
—¿Sin el permiso de mi padre? ¿Sin la orden del Rey? Los banderizos pensarán que estamos iniciando una rebelión.
—Deja que piensen lo que quieran. Prefiero ser una rebelde viva que una lady muerta bajo la nieve. —Catelyn se dirigió hacia la puerta—. Iré a hablar con Bran. Sus sueños se están volviendo más claros. Él verá lo que nosotros no podemos.
Encontró a Bran en su habitación, mirando por la ventana. El niño no se giró cuando ella entró.
—Viene una tormenta, madre —dijo Bran con una voz que no pertenecía a un niño de su edad—. Pero no es blanca. Es oscura. El hombre de la máscara de oro está hablando con la Araña.
Catelyn se acercó y le puso una mano en el hombro.
—¿Qué ves en Desembarco del Rey, Bran?
—Veo a padre en una celda. Pero Jon... Jon tiene una espada que brilla. Está luchando contra un hombre que tiene el rostro de un perro.
—Sandor Clegane —susurró Catelyn.
—No, es más grande. Es un monstruo hecho de piezas. —Bran se giró finalmente, y sus ojos estaban completamente blancos—. Madre, el cuervo dice que el precio debe ser pagado. Has salvado mi cuerpo, pero el Norte exige un sacrificio.
—No serás tú, Bran. Ni ninguno de tus hermanos.
—Entonces será el hombre que amas —dijo Bran, y su voz recuperó su tono infantil, cargado de una tristeza infinita.
Catelyn sintió un vacío en el estómago. Sabía que, a pesar de todos sus cambios, el destino de Ned Stark estaba sellado por su propia naturaleza. Ned era un hombre de verano en un mundo que ya era invierno.
—Si no puedo salvar su vida, salvaré su legado —dijo Catelyn, más para sí misma que para el niño.
Esa noche, Catelyn Stark se arrodilló una vez más ante los dioses. Pero esta vez no rezó por piedad. Rezó por fuerza.
—Me disteis una segunda oportunidad —susurró a la oscuridad—. Me disteis los recuerdos de un futuro de cenizas. Si Ned debe morir, que su muerte sea el fuego que forje la unión del Norte. Pero no dejaré que los Lannister se queden con la victoria.
Al amanecer, el ejército de Invernalia empezó a reunirse. Catelyn montaba un caballo blanco, vestida con una armadura ligera de escamas plateadas. No parecía una madre preocupada, sino una reina guerrera de las leyendas.
—¡Escuchadme! —gritó ante sus hombres—. El sur está podrido de mentiras, pero el Norte recuerda. ¡Recuerda quiénes somos y quiénes son nuestros verdaderos enemigos! ¡Marchamos hacia el Muro para proteger el reino de los hombres, y después marcharemos hacia el sur para reclamar lo que es nuestro!
Los gritos de los Stark resonaron en las montañas. Robb, a su lado, desenvainó su espada.
—¡Por el Invierno! —rugió Robb.
—¡Por la Loba! —respondieron los hombres.
Mientras marchaban, Catelyn sintió que el tiempo se aceleraba. En Desembarco del Rey, Jon Snow recibía a Howland Reed en secreto. En el Muro, los fuegos empezaban a apagarse. Y en algún lugar del este, una reina de plata caminaba hacia una pira funeraria.
Catelyn Stark, la mujer que no envejecía, la devota de los dioses y la azote de sus enemigos, sabía que el juego de tronos estaba a punto de ser reemplazado por la canción de hielo y fuego. Y ella, con sus manos limpias de la impulsividad del pasado y llenas de la sangre del futuro, dirigiría la orquesta.
—Que vengan —susurró Catelyn mientras los primeros copos de nieve caían sobre su rostro—. Esta vez, la loba no solo aúlla. Esta vez, la loba devora.
El cometa rojo seguía brillando en lo alto, pero para Catelyn, ya no era una señal de sangre. Era la promesa de que, incluso en la noche más larga, el acero Stark nunca se quebraría. La historia estaba siendo reescrita, y cada palabra era un golpe de espada contra el destino. El invierno no se acercaba; el invierno era ella.