La matriarca no repite errores
El Retorno de la Reina del Invierno
El viento del Norte ya no soplaba con la misma melancolía de antes; ahora traía consigo un filo metálico, un aviso de que el mundo se estaba resquebrajando. Catelyn Stark permanecía en el centro del patio de Invernalia mientras el ejército terminaba de organizarse. A su alrededor, el estruendo era ensordecedor: el chocar de las armaduras, el relincho de los caballos y el martilleo incesante en la forja. Sin embargo, ella se sentía en un centro de calma absoluta. Su piel, blanca y tersa como el mármol, parecía repeler los copos de nieve que caían con creciente intensidad.
—Madre, los carromatos de suministros están listos —dijo Robb, acercándose con el aliento formando nubes de vapor—. Pero sigo sin entender por qué marchamos hacia el Muro cuando mi padre está en peligro en el sur. Los hombres murmuran que estamos abandonando a Lord Eddard a su suerte.
Catelyn se giró hacia su hijo. Sus ojos azules, profundos y gélidos, se clavaron en los de él con una intensidad que lo hizo enderezar la espalda.
—Tu padre está en manos de los dioses y de su propio honor, Robb. He enviado a Jon y a Howland Reed para ser su escudo, pero el peligro que acecha en el Castillo Negro no puede esperar a las intrigas de una corte podrida. Si el Muro cae, no habrá reino que tu padre pueda servir.
—¿Y qué hay de la carta que recibiste de Desembarco del Rey? —preguntó Robb, bajando la voz—. Sé que era de Meñique.
—Petyr Baelish cree que todavía soy la mujer impulsiva que conoció en su juventud —respondió Catelyn con una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Cree que puede manipular mis visiones para sus propios fines. No sabe que yo ya he visto su final, y no es uno que él haya escrito.
En ese momento, Bran se acercó caminando despacio, seguido de cerca por su lobo, Verano. El niño tenía la mirada perdida, como si estuviera viendo algo a través de las paredes del castillo.
—Madre —susurró Bran—, el cuervo dice que el tiempo se está agotando. El hombre de la armadura dorada ha sacado su espada en la sala del trono.
Catelyn sintió una punzada en el corazón. La detención de Ned. Estaba sucediendo. A pesar de haber enviado a Jon, a pesar de las advertencias, la inercia de la traición era poderosa.
—¿Y Jon? —preguntó Catelyn, agarrando los hombros de su hijo—. ¿Dónde está Jon en tu visión, Bran?
—Está en las sombras —dijo el niño con voz monótona—. Está esperando. Hay fuego en su mano, pero no quema.
Catelyn soltó un suspiro de alivio contenido. Jon estaba siguiendo el plan. Si lograba sacar a Ned de la ciudad antes de que la ejecución fuera inminente, todo cambiaría. Pero ella no podía permitirse dudar. Debía asegurar el Norte.
—¡Robb! —ordenó con voz firme—. Deja una guarnición mínima aquí. Tú y yo partiremos hacia el Castillo Negro con dos mil hombres. Rickon y Sansa se quedarán bajo la protección de Ser Rodrik.
—Sansa no está aquí, madre —la corrigió Robb, confundido—. Está en el sur con padre, ¿lo olvidas?
Catelyn parpadeó, y por un breve segundo, la máscara de su divinidad flaqueó. En su mente, las dos líneas temporales chocaron violentamente. Recordó a Sansa cautiva en la Fortaleza Roja, pero luego recordó que, en esta vida, ella se había negado a dejar que su hija partiera.
—Tienes razón —dijo Catelyn, recomponiéndose rápidamente—. Mi mente está en muchos lugares a la vez. Sansa está en sus aposentos, estudiando los mapas que le di. Asegúrate de que no salga de las murallas.
Mientras el ejército comenzaba a desfilar por las puertas de Invernalia, Catelyn montó su caballo blanco. Al pasar por el Bosque de Dioses, sintió un tirón en su conciencia. Se detuvo y desmontó, pidiendo a Robb que continuara sin ella un momento. Caminó hacia el arciano, cuyo rostro parecía observar su partida con una mezcla de tristeza y expectación.
—Sé lo que pides —susurró Catelyn a la corteza blanca—. Sé que el equilibrio exige sangre por sangre. He salvado a Bran de la caída y a Jon de la fiebre. He dado a mis hijos armas que no deberían tener.
Una ráfaga de viento agitó las hojas rojas, y una voz que parecía brotar de la tierra misma resonó en su mente.
—*El precio de la vida es la muerte, Catelyn Tully. Has alterado el tejido. Si el lobo no cae del muro, otro debe ocupar su lugar en la oscuridad.*
—Tomadme a mí cuando llegue el momento —desafió ella, apoyando su mano en el tronco—. Pero no antes de que mis hijos estén a salvo y mis enemigos hayan sido reducidos a cenizas.
El árbol no respondió, pero la savia roja pareció brillar con una luz interna. Catelyn regresó a su caballo y galopó para alcanzar la vanguardia.
Días después, bajo un cielo de plomo, la comitiva Stark llegó a las faldas del Muro. La inmensa estructura de hielo se alzaba ante ellos como una barrera entre el mundo de los vivos y el olvido. Pero algo estaba mal. No había centinelas en las almenas, y las puertas del Castillo Negro estaban abiertas.
—¡Espadas fuera! —rugió Robb, desenvainando su acero.
Entraron en el patio al galope. El lugar era un escenario de pesadilla. Había cuerpos esparcidos por el suelo, pero no eran solo de hermanos de la Guardia de la Noche. Había hombres vestidos con harapos salvajes y, lo más inquietante, figuras que no parecían humanas, con la piel azulada y los ojos brillantes como zafiros.
—¿Qué es esto? —preguntó Robb, su voz temblando por primera vez—. ¿Qué monstruosidad es esta?
Catelyn desmontó con una calma que aterrorizó a sus propios soldados. Se acercó a uno de los cuerpos caídos. El hombre tenía el cuello desgarrado, pero no había sangre fluyendo de la herida; solo cristales de hielo.
—Son los caminantes —dijo ella, su voz resonando en el patio silencioso—. Han llegado antes de lo esperado. Mi presencia aquí ha acelerado su marcha.
De repente, uno de los cuerpos en el suelo se agitó. Con un movimiento espasmódico, el cadáver de un guardabosques se puso en pie. Sus ojos, antes grises, ahora ardían con un fuego azul gélido. Emitió un alarido agudo que heló la sangre de los hombres de Invernalia.
—¡Fuego! —gritó Catelyn—. ¡Traed las antorchas! ¡El acero común no los detendrá!
Robb reaccionó rápido, ordenando a los arqueros que dispararan flechas incendiarias. El patio se iluminó con el resplandor de las llamas mientras los muertos empezaban a levantarse por doquier. Catelyn sacó una daga de obsidiana que llevaba oculta y, con una agilidad que desafiaba su edad aparente, se lanzó hacia el primer espectro.
—¡Por Invernalia! —gritó, hundiendo la piedra negra en el pecho de la criatura.
El espectro se deshizo en un montón de hielo y harapos. Los hombres de Robb, envalentonados por el ejemplo de su madre, se lanzaron a la lucha. Fue una carnicería silenciosa y macabra. Los muertos no gritaban, solo atacaban con una ferocidad mecánica.
En medio del caos, una figura emergió de la torre principal. Era Benjen Stark, herido y cubierto de escarcha, pero vivo.
—¡Catelyn! —exclamó Benjen, apoyándose en su espada—. ¿Cómo supiste...? El Lord Comandante ha caído. La Guardia está diezmada.
—Lo sabía porque los dioses no me permiten olvidar —respondió ella, ayudándolo a sostenerse—. Benjen, debemos sellar el túnel. Los salvajes están huyendo de algo mucho peor que nosotros, y si los dejamos entrar sin control, el Norte caerá.
—Ya han cruzado algunos —dijo Benjen, señalando hacia el bosque—. Pero no vienen a luchar. Vienen buscando refugio.
Catelyn miró hacia la inmensidad del Muro. Sabía que esta pequeña escaramuza era solo el preludio. En el sur, Ned estaría enfrentando su propio juicio, pero aquí, en la verdadera frontera del mundo, la guerra por la humanidad acababa de comenzar.
—Escúchame, Benjen —dijo Catelyn, tomándolo por el brazo—. Necesito que envíes un mensaje a través de los bosques. Busca a los que llaman el Pueblo Libre. Diles que la Loba de Invernalia les ofrece tierras y protección a cambio de sus espadas. No podemos luchar contra los muertos con un reino dividido.
—¿Tierras? —preguntó Robb, acercándose tras abatir a un espectro—. Madre, los señores del Norte nunca aceptarán a los salvajes en sus dominios.
—Los señores del Norte aceptarán lo que yo les diga, o morirán en el invierno que se avecina —sentenció Catelyn—. No he regresado de la muerte para preocuparme por las viejas rencillas de los hombres.
Esa noche, mientras el Castillo Negro ardía con las piras de los caídos, Catelyn se sentó en la antigua silla del Lord Comandante. Robb y Benjen estaban frente a ella, esperando órdenes.
—Mañana —empezó Catelyn—, empezaremos a fortificar cada castillo a lo largo del Muro. Usaremos el grano que hemos almacenado para alimentar a todo aquel que esté dispuesto a empuñar un arma. Y Robb...
—¿Sí, madre?
—Quiero que envíes un cuervo a Rocadragón. Stannis Baratheon es un hombre justo y duro. Dile que la amenaza es real y que el Norte necesita su flota. Dile que no me importa quién se siente en el Trono de Hierro, siempre y cuando el Trono no sea de hielo.
Mientras hablaba, Catelyn sintió una extraña calidez en su pecho. Cerró los ojos y, por un momento, pudo ver a través de los ojos de Jon en Desembarco del Rey.
Vio a Ned Stark arrodillado frente a una multitud enfervorizada. Vio a Joffrey Baratheon levantando la mano para dar la orden de ejecución. Pero entonces, vio a Jon. Vio el destello de *Garra* bajo el sol del sur. Vio cómo Howland Reed lanzaba una bomba de humo y cómo, en medio de la confusión, una capa negra envolvía a su esposo.
—Están a salvo —susurró Catelyn, y una lágrima solitaria, la primera en años, rodó por su mejilla—. Ned está vivo.
—¿Cómo puedes saberlo? —preguntó Benjen, asombrado.
—Porque he pagado el precio —respondió ella, mirando sus propias manos.
En ese instante, Catelyn sintió un dolor agudo en el costado. Al bajar la vista, vio que una mancha de sangre empezaba a extenderse por su túnica gris. No había sido herida en la batalla; la herida se había abierto sola, una réplica exacta de la marca que el acero de los Frey le había dejado en su otra vida.
El trato con los dioses era claro. Por cada vida que salvaba, su propio cuerpo recordaría el dolor de su muerte anterior. El estigma de la Boda Roja estaba regresando para reclamar su parte.
—Madre, ¡estás herida! —gritó Robb, corriendo hacia ella.
—No es nada —dijo ella, cubriendo la herida con su mano—. Es solo el recordatorio de que nada es gratis en este mundo.
Catelyn se puso de pie, ignorando el dolor que amenazaba con hacerla desmayar. Se acercó a la ventana que daba al norte, hacia las tierras del siempre invierno. Sabía que el Rey de la Noche la estaba observando, que él también sabía que ella era una anomalía en el tiempo.
—Que venga —desafió Catelyn al vacío—. He muerto una vez por traición y he vivido mil años como un fantasma. No le temo a la oscuridad.
Esa noche, el Norte no solo recordó; el Norte se preparó. Bajo el mando de la mujer que no podía morir, los Stark dejaron de ser solo una casa noble para convertirse en la última esperanza de un mundo condenado. Catelyn Stark, la madre, la vidente, la renacida, observaba las estrellas con la certeza de que, aunque el invierno fuera eterno, su fuego ardería hasta que el último de sus enemigos fuera polvo en el viento.
—El invierno ya no se acerca —susurró al aire gélido—. El invierno soy yo.
Y en la lejanía, el aullido de seis lobos huargos respondió al unísono, un coro de muerte y renacimiento que resonó desde el Muro hasta las arenas de Dorne. La loba había vuelto, y esta vez, no habría piedad para los que intentaran apagar su luz. El juego de tronos había terminado; la era de la loba acababa de empezar.