My one and only love
Curas de algodón y corazones de hierro
El apartamento de Na Hwa-jin era exactamente como Im Han-rim había imaginado: minimalista, pulcro y con una atmósfera de orden casi militar que resultaba intimidante para cualquiera que no lo conociera. Sin embargo, ahora que el "granito" de la Agencia de Protección de los Derechos Educativos estaba confinado a un sofá con un cabestrillo y una orden médica de reposo absoluto, el lugar se sentía extrañamente vulnerable.
Han-rim entró cargando dos bolsas de papel que desprendían un aroma delicioso a caldo de pollo, jengibre y verduras frescas. Se quitó los zapatos con agilidad y avanzó hacia la sala de estar, donde Hwa-jin intentaba, con una torpeza que le partía el alma, alcanzar el mando a distancia con su mano derecha.
—¿Qué crees que estás haciendo? —preguntó ella con un tono de fingida severidad, dejando las bolsas sobre la mesa de centro—. El médico dijo reposo, Hwa-jin. Reposo no significa "intentar hacer abdominales laterales para alcanzar la televisión".
Hwa-jin soltó un suspiro resignado y dejó caer la espalda contra los cojines. Su expresión seguía siendo seria, pero había un brillo de derrota divertida en sus ojos negros mientras observaba a Han-rim tomar el mando y ponérselo en el regazo.
—Es frustrante —admitió él con su voz grave—. Siento que mi cuerpo se está oxidando por cada hora que paso sentado aquí.
—Pues acostúmbrate al óxido por unos días —replicó ella con una sonrisa radiante, arrodillándose junto a él para revisar el vendaje del brazo—. Hoy te toca tu sesión de cuidados intensivos. He traído comida de verdad, nada de esas barritas de proteínas que guardas en la alacena.
—No son tan malas —protestó él débilmente.
—Saben a cartón prensado y lo sabes —Han-rim comenzó a sacar los recipientes—. Primero, vamos a cambiar esa compresa fría. Tu hombro todavía está muy inflamado.
Hwa-jin la observó trabajar. Han-rim se movía con una gracia natural, sus manos eran firmes pero increíblemente delicadas cuando rozaban su piel. Había algo en su cercanía que lograba lo que años de entrenamiento no habían podido: relajar sus músculos tensos. Ella se sentó a su lado, lo suficientemente cerca como para que él pudiera oler el perfume cítrico de su cabello, y comenzó a aplicar la compresa con movimientos circulares.
—¿Duele mucho? —preguntó ella en voz baja, levantando la vista para encontrarse con la de él.
—Menos que ayer —respondió Hwa-jin. Mentía, por supuesto; el dolor era una pulsación constante en su brazo fracturado, pero no quería que ella se preocupara—. Han-rim, no tienes que hacer esto todos los días. Tienes mucho trabajo en la agencia ahora que yo no estoy.
Han-rim dejó de mover la mano y lo miró fijamente, con esa mezcla de ternura y determinación que tanto lo desarmaba.
—Geun-dae se está encargando de los informes y del papeleo aburrido. Además, le dije que si me llamaba para algo que no fuera una emergencia nacional, le confiscaría su reserva secreta de aperitivos de calamar —ella soltó una risita y volvió a su tarea—. Estoy aquí porque quiero estarlo. Me gusta cuidarte, aunque seas el paciente más testarudo de Corea.
Hwa-jin guardó silencio. No estaba acostumbrado a que alguien se ocupara de él de esa manera. Durante la mayor parte de su vida adulta, sus heridas habían sido solo inconvenientes técnicos que debía ignorar para seguir adelante. Pero con Han-rim, cada hematoma parecía ser una prioridad nacional.
—¿Por qué me miras así? —preguntó ella, notando su escrutinio silencioso.
—Estaba pensando —dijo él, permitiendo que su mano derecha buscara la de ella sobre el sofá— que eres demasiado buena conmigo. No estoy seguro de merecer que una agente tan brillante pierda su tiempo haciendo de enfermera.
Han-rim entrelazó sus dedos con los de él, apretando con suavidad.
—No es perder el tiempo, Hwa-jin. Es invertir en mi paz mental. Verte así, tranquilo y a salvo, es lo que me ayuda a dormir por las noches.
Ella se levantó para buscar un cuenco y servir el caldo caliente. Hwa-jin la observó desde el sofá, sintiendo una calidez que no tenía nada que ver con la calefacción del apartamento. Cuando ella regresó, se sentó de nuevo a su lado y tomó una cuchara.
—Abre la boca —ordenó ella con una sonrisa traviesa.
—Han-rim, puedo comer solo. Mi mano derecha funciona perfectamente.
—Dije que abras la boca. Es parte del tratamiento "Mimos de Han-rim". Si te resistes, tendré que informar al médico de que eres un paciente rebelde.
Hwa-jin soltó un suspiro que era mitad queja y mitad rendición, y aceptó la primera cucharada. El caldo era delicioso, lleno de sabor y calor, pero lo que realmente disfrutaba era la expresión de satisfacción en el rostro de ella cada vez que él tragaba.
—¿Ves? —dijo ella—. Mucho mejor que el cartón de proteínas.
—Está bueno —admitió él, dejando que una pequeña sonrisa asomara por fin—. Gracias.
Comieron en un silencio cómodo, roto solo por el sonido lejano del tráfico de la ciudad y el murmullo de un programa de naturaleza que Han-rim había puesto en la televisión para "bajar las revoluciones" de Hwa-jin. Cuando terminaron, ella se encargó de limpiar todo con una eficiencia que él envidiaba.
Al regresar a la sala, encontró a Hwa-jin intentando acomodarse para dormir un poco, pero el cabestrillo parecía estorbarle en cualquier posición.
—Ven aquí —dijo ella, sentándose en el extremo largo del sofá y dándole palmaditas a su regazo—. Apoya la cabeza aquí. Así podrás tener el brazo en un ángulo que no te presione el pecho.
—Han-rim, eso es...
—Es una orden de tu enfermera jefe. No me hagas repetirlo.
Hwa-jin, sabiendo que no ganaría esa batalla, se deslizó con cuidado hasta que su cabeza descansó sobre las piernas de Han-rim. Ella comenzó a pasar sus dedos por el cabello negro de él, un gesto tan íntimo y relajante que Hwa-jin sintió que sus párpados pesaban casi de inmediato.
—¿Sabes? —susurró ella, mientras sus dedos trazaban patrones invisibles en su cuero cabelludo—. A veces me olvido de que eres humano. Siempre pareces tan invencible, tan seguro de cada paso que das. Pero verte así... me recuerda que también necesitas que alguien sostenga tu escudo de vez en cuando.
Hwa-jin cerró los ojos, disfrutando de la caricia.
—A veces olvido cómo se siente dejar de luchar —confesó él con la voz pastosa por el sueño—. Contigo es más fácil bajar la guardia.
—Ese es el plan —respondió ella con ternura—. Quiero que este sea el único lugar del mundo donde no tengas que ser el Supervisor Na. Solo Hwa-jin.
Pasaron los minutos y la respiración de Hwa-jin se volvió lenta y profunda. Estaba casi dormido cuando sintió que Han-rim se inclinaba para darle un beso casto en la sien.
—Te quiero, Hwa-jin —susurró ella, pensando que él ya no la oía.
Él no respondió con palabras, pero su mano derecha buscó la rodilla de ella y la apretó ligeramente antes de quedar completamente dormido.
***
Tres días después, la recuperación de Hwa-jin progresaba, pero su paciencia se agotaba. Estaba sentado en la mesa de la cocina, viendo cómo Han-rim preparaba un té de hierbas medicinales que, según ella, ayudaba a la regeneración ósea.
—Han-rim, he recibido un mensaje de Geun-dae —dijo él, tratando de sonar casual—. Dice que hay problemas con la junta directiva del instituto técnico del sur. Necesitan una revisión presencial.
Han-rim ni siquiera se giró. Siguió removiendo el té con una calma exasperante.
—Ya lo sé. Hablé con él esta mañana. Le dije que enviara a los agentes de apoyo de la unidad dos y que él supervisara la operación desde la distancia.
Hwa-jin frunció el ceño.
—La unidad dos no tiene experiencia con directores agresivos. Yo debería...
—Tú deberías terminarte ese té y luego dejar que te ponga la pomada en la espalda —lo interrumpió ella, dándose la vuelta y dejando la taza frente a él—. No eres indispensable para cada pequeño fuego que se enciende en la ciudad, Hwa-jin. Pero eres indispensable para mí. Así que quédate sentado.
Hwa-jin miró el té humeante y luego a Han-rim. Ella llevaba una de sus camisetas deportivas, que le quedaba un poco grande, y tenía el rostro iluminado por la luz de la mañana. Se veía hermosa, vibrante y llena de una vida que él quería proteger a toda costa.
—Eres una dictadora —murmuró él, aunque tomó la taza y bebió un sorbo.
—Soy una mujer que sabe lo que quiere —corrigió ella, acercándose para rodearle el cuello con los brazos, evitando con cuidado el hombro herido—. Y ahora mismo, lo que quiero es que sanes. ¿Es tan difícil dejar que te cuiden?
Hwa-jin dejó la taza y la atrajo hacia él con su brazo sano, escondiendo el rostro en el hueco de su cuello.
—Es difícil acostumbrarse a algo tan bueno —admitió él con sinceridad—. He pasado mucho tiempo solo, Han-rim. Las heridas solían ser solo recordatorios de errores. Pero contigo... se sienten como oportunidades para estar cerca.
Han-rim se separó un poco para mirarlo a los ojos. La seriedad habitual de Hwa-jin estaba allí, pero había una suavidad nueva, una apertura que la hacía sentir que realmente estaba llegando al hombre detrás del mito.
—No necesito que te rompas un brazo para estar cerca de ti, tonto —dijo ella, rozando su nariz con la de él—. Estaré aquí cuando estés sano, cuando estés cansado, cuando estés de mal humor y cuando seas el héroe que todos admiran.
Hwa-jin la besó entonces. Fue un beso profundo, lleno de una gratitud silenciosa y una promesa de futuro. Por un momento, el dolor de su fractura desapareció, reemplazado por la certeza de que no importaba cuántas batallas tuviera que librar en el futuro, ya no tendría que regresar a una casa vacía para curarse las cicatrices.
—¿Sabes qué es lo que más disfruto de estar de baja? —preguntó él cuando se separaron.
—¿El hecho de no tener que aguantar los chistes malos de Geun-dae? —aventuró ella con una sonrisa.
—También. Pero sobre todo, disfruto de verte sonreír sin tener que preocuparte por si hay un peligro a la vuelta de la esquina. Me gusta esta faceta tuya, Han-rim. Eres una enfermera terrible en cuanto a disciplina, pero eres la mejor medicina que he tenido nunca.
Han-rim se sonrojó ligeramente, algo que siempre le ocurría cuando él era inusualmente directo con sus sentimientos.
—Bueno, si te portas bien, puede que la enfermera te deje ver esa película de acción que tanto querías esta tarde —dijo ella, intentando recuperar su tono juguetón—. Pero solo si te terminas el té de hierbas.
Hwa-jin miró el líquido verdoso y puso una mueca de disgusto.
—¿Incluso si sabe a césped recién cortado?
—Especialmente si sabe a césped recién cortado.
Él suspiró y bebió el resto del contenido de un trago, haciendo que Han-rim estallara en una carcajada que llenó todo el apartamento.
Esa tarde, mientras la lluvia golpeaba suavemente los cristales y ellos compartían una manta en el sofá, Hwa-jin se dio cuenta de que la debilidad no era algo que temer. Había pasado toda su vida construyendo muros, pensando que la invulnerabilidad era la única forma de sobrevivir en un sistema podrido. Pero en los brazos de Han-rim, rodeado de sus cuidados y su cariño incondicional, comprendió que la verdadera fuerza residía en tener a alguien por quien valiera la pena volver a casa.
—Han-rim —dijo él, cuando los créditos de la película empezaron a rodar.
—¿Mmm? —ella estaba medio dormida apoyada en su hombro sano.
—Gracias por no dejarme solo bajo aquel puente. Y gracias por no dejarme solo ahora.
Ella se acurrucó más contra él, suspirando con satisfacción.
—El primer paso para recibir ayuda es pedirla, Hwa-jin. Me lo enseñaste tú. Yo solo estoy cumpliendo con mi parte del trato.
Hwa-jin sonrió en la oscuridad de la sala. Su brazo sanaría, volvería al trabajo y seguirían enfrentándose a las injusticias del mundo educativo. Pero ahora sabía que, sin importar cuán dura fuera la lección, siempre habría un refugio esperándolo, lleno de té con sabor a césped, caldos calientes y el amor de la mujer que le había enseñado que incluso los hombres de granito necesitan, de vez en cuando, ser cuidados con manos de seda.