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My one and only love

Lazos de acero y seda

La oficina de la Agencia de Protección de los Derechos Educativos bullía con el ajetreo habitual de un lunes por la mañana. Archivos digitales volando de una pantalla a otra, el sonido incesante de los teclados y el aroma a café cargado que Geun-dae preparaba religiosamente para intentar despertar a la unidad. Sin embargo, había algo diferente en el ambiente, una nota armónica que suavizaba los bordes afilados de la disciplina militar que solía imperar en aquel lugar.

Im Han-rim entró en la sala común con una carpeta bajo el brazo y una expresión de serenidad que iluminaba su rostro atlético. Se dirigió directamente al escritorio principal, donde Na Hwa-jin revisaba los informes de una nueva denuncia por negligencia en un internado femenino. El hombre, de hombros anchos y mirada penetrante, no levantó la vista de inmediato, pero su lenguaje corporal cambió en cuanto ella se detuvo a su lado.

—Buenos días, solecito —dijo Han-rim con una naturalidad que habría hecho que cualquier otro agente se atragantara con su café—. Aquí tienes los perfiles de los testigos que pediste.

Na Hwa-jin, el hombre que infundía terror en los directores corruptos de todo el país, soltó un suspiro casi imperceptible que no era de cansancio, sino de alivio. Sin apartar los ojos de la pantalla, estiró su mano derecha y buscó la de ella sobre el escritorio. Sus dedos largos y fuertes se entrelazaron con los de Han-rim, apretándolos con una firmeza posesiva pero cargada de ternura.

—Llegas tarde, Han-rim —murmuró él, aunque su voz carecía de cualquier rastro de reproche.

—Me detuve a comprar esos pastelitos de arroz que tanto te gustan, cielo —respondió ella, inclinándose un poco para que sus hombros se rozaran—. Sé que no desayunaste bien por quedarte revisando el caso de Seúl.

Hwa-jin finalmente levantó la vista. Su mirada intensa, que solía ser un arma de intimidación, se suavizó hasta volverse casi líquida al encontrarse con los ojos de ella. Con un movimiento fluido, soltó su mano solo para rodearle la cintura y atraerla un poco más hacia su espacio personal, ignorando deliberadamente que estaban en un lugar de trabajo.

—No deberías malcriarme tanto —dijo él, mientras su mano derecha subía por la espalda de ella para darle un breve pero firme masaje en la nuca, un gesto que se había vuelto casi instintivo para él en las últimas semanas.

—Te mereces eso y mucho más, amor —replicó Han-rim con una sonrisa radiante, apoyando una mano en el hombro de él—. Además, si no te cuido yo, ¿quién lo va a hacer? ¿Geun-dae?

Desde el otro lado de la oficina, Bong Geun-dae soltó una carcajada estrepitosa mientras dejaba una pila de documentos sobre una mesa cercana.

—¡Oye! ¡Te he oído! —exclamó el agente robusto, señalándolos con un dedo acusador pero con una chispa de diversión en los ojos—. Yo cuido muy bien del jefe, lo que pasa es que mis masajes no vienen acompañados de esos apodos que hacen que se le suban los colores.

Hwa-jin le lanzó una mirada gélida que habría congelado el sol, pero su mano no se apartó de la cintura de Han-rim. Al contrario, sus dedos se hundieron ligeramente en la tela de su chaqueta, reafirmando su cercanía.

—Geun-dae, si tienes tiempo para cotillear, tienes tiempo para terminar el inventario de la unidad móvil —sentenció Hwa-jin con su tono de autoridad recuperado.

—¡A la orden, jefe! —Geun-dae hizo un saludo militar exagerado y se alejó trotando, aunque no pudo evitar murmurar por lo bajo sobre "el poder del amor" y "el bloque de hielo que se derrite".

Cuando volvieron a estar relativamente solos, Han-rim se rió suavemente y se sentó en el borde del escritorio de Hwa-jin. Él no perdió la oportunidad; aprovechó la posición para pasar su brazo por encima de los hombros de ella, dejando que su mano descansara en su brazo, acariciando la piel con el pulgar de forma rítmica.

—¿Estás bien, mi vida? —preguntó ella, bajando el tono de voz—. Te noto un poco tenso. ¿Es el caso del internado?

Hwa-jin cerró los ojos un momento, disfrutando del contacto. El contacto físico con Han-rim se había convertido en su ancla, en la única forma de purgar la oscuridad que veía a diario en su trabajo.

—Es el director —confesó él—. Cree que sus conexiones políticas lo hacen intocable. Me enferma la forma en que usa su posición para silenciar a las alumnas.

Han-rim sintió la furia de él vibrar bajo su mano, pero en lugar de alejarse, se inclinó y le dio un beso corto y dulce en la mejilla.

—Vamos a atraparlo. Como siempre lo hacemos —le aseguró ella con firmeza—. Pero no dejes que ese tipo te robe la paz. Recuerda lo que me enseñaste: el primer paso es pedir ayuda. Y aquí estamos todos para ayudarte a derribar ese muro.

Hwa-jin la miró, y por un instante, Han-rim volvió a ver al hombre que la salvó bajo aquel puente, pero esta vez no había una barrera de uniforme militar entre ellos. Solo había dos personas que se conocían hasta la médula.

—A veces olvido que ya no tengo que cargar con todo el peso yo solo —admitió él, deslizando su mano desde su hombro hasta su mejilla, acariciándola con una reverencia que le cortaba el aliento—. Gracias, Han-rim.

—No hay de qué, solecito —respondió ella, guiñándole un ojo—. Ahora, termina ese informe. Si lo haces rápido, podemos ir a cenar a ese lugar de barbacoa que te gusta. Mi invitación.

—¿Tu invitación? —Hwa-jin arqueó una ceja, una sombra de sonrisa jugando en sus labios—. Creo recordar que la última vez compitieron por ver quién comía más y terminaste pidiendo que yo pagara la cuenta.

—¡Eso fue un error de cálculo estratégico! —protestó ella, fingiendo indignación—. Esta vez hablo en serio, amor. Te lo debo por cuidarme tanto la semana pasada cuando tuve aquel resfriado.

Hwa-jin no respondió con palabras. Simplemente la atrajo hacia sí en un abrazo rápido pero intenso, hundiendo el rostro en el hueco de su cuello por un segundo antes de soltarla. Era su forma de recargar energías, su pequeño ritual privado en medio del caos profesional.

El resto de la mañana transcurrió entre llamadas, análisis de pruebas y la planificación del operativo. Sin embargo, la dinámica entre ellos era constante. Cada vez que Hwa-jin pasaba por el escritorio de Han-rim, su mano encontraba inevitablemente el camino hacia su hombro o su cintura. Era un roce breve, casi imperceptible para un observador externo, pero para ellos era un recordatorio: *estoy aquí, estamos juntos*.

Incluso durante la reunión informativa con el resto del equipo, Hwa-jin se mantuvo de pie detrás de la silla de Han-rim, con una mano apoyada firmemente en el respaldo, rozando ocasionalmente el cabello oscuro de ella mientras señalaba los puntos críticos del mapa en la pantalla.

—El objetivo es la oficina del ala norte —explicaba Hwa-jin con su voz de mando—. Han-rim entrará con la unidad de inspección civil. Geun-dae y yo cubriremos las salidas traseras para evitar que el director intente destruir los servidores.

—Jefe —intervino uno de los agentes nuevos—, ¿no es arriesgado que la agente Im entre sin apoyo armado inmediato?

Hwa-jin se tensó. Su mano se cerró sobre el respaldo de la silla de Han-rim con una fuerza que hizo que la madera crujiera levemente. Antes de que pudiera responder con su habitual frialdad protectora, Han-rim intervino, poniendo su mano sobre la de él para calmarlo.

—Estaré bien —dijo ella con una sonrisa optimista dirigida al agente joven—. He lidiado con tipos peores que este director. Además, sé que mi vida está en las mejores manos.

Hwa-jin relajó la presión de sus dedos, pero no retiró la mano. Al contrario, comenzó a masajear suavemente el hombro de Han-rim por encima de la ropa, un gesto que gritaba posesión y cuidado a partes iguales.

—Ella es más que capaz —sentenció Hwa-jin, mirando fijamente al agente—. Pero nadie en esta agencia entra sin apoyo. Yo seré su sombra.

Al finalizar la reunión, Geun-dae se acercó a ellos mientras el resto del equipo se dispersaba.

—Vaya, jefe, si sigues marcando territorio de esa manera, vas a terminar poniéndole un rastreador GPS a Han-rim —bromeó el hombre robusto.

—Ya lo tiene —respondió Hwa-jin con la cara completamente seria.

Geun-dae se quedó congelado por un segundo, parpadeando con sorpresa.

—¿En serio? —preguntó, con la voz un poco más aguda.

Han-rim soltó una carcajada encantadora y le dio un golpecito en el brazo a Hwa-jin.

—No le hagas caso, Geun-dae. Está bromeando... creo. ¿Verdad, cielo?

Hwa-jin simplemente encogió los hombros, una chispa de diversión bailando en sus ojos negros que solo Han-rim supo interpretar.

—Es una broma con base logística —dijo él, volviendo a tomar la mano de Han-rim para llevarla hacia su oficina privada—. Vamos, mi vida. Tenemos que revisar los protocolos de comunicación una vez más.

Una vez dentro de la oficina, con la puerta cerrada, el ambiente cambió instantáneamente. Hwa-jin soltó los papeles que llevaba y envolvió a Han-rim en un abrazo completo, escondiendo el rostro en su cabello. Ella lo rodeó por la cintura, sintiendo la solidez de su cuerpo contra el suyo.

—¿Qué pasa, amor? —preguntó ella suavemente—. Te noto más protector de lo normal hoy.

—Odio estos casos —gruñó él contra su piel—. Odio que tengas que exponerte a esos bastardos. Cada vez que te veo entrar en uno de esos colegios, una parte de mí quiere simplemente llevarte lejos de aquí.

Han-rim se separó lo justo para mirarlo, tomando su rostro entre sus manos. Sus dedos acariciaron las mejillas de Hwa-jin, bajando por la línea de su mandíbula.

—Lo sé —susurró ella—. Pero también sabes que no podría vivir de otra manera. Tú me enseñaste a luchar, Hwa-jin. Me diste las herramientas para que nadie volviera a hacerme sentir como aquella niña bajo el puente. Y ahora, lo que más me gusta de luchar es que vuelvo a casa contigo.

Hwa-jin suspiró, cerrando los ojos bajo el toque de ella. El contacto físico era su lenguaje secreto, la forma en que un hombre que tenía dificultades para expresar sus emociones podía decir "te necesito" y "te amo" sin pronunciar una sola palabra.

—Eres mi vida, Han-rim —dijo él, abriendo los ojos para mirarla con una honestidad desgarradora—. Si algo te pasara...

—No me va a pasar nada, solecito —lo interrumpió ella, dándole un beso tierno en la punta de la nariz—. Tengo al hombre más fuerte del mundo cuidándome las espaldas. Ahora, deja de preocuparte y dame un beso de verdad antes de que Geun-dae vuelva a interrumpirnos con alguna tontería.

Él no se hizo de rogar. El beso fue profundo y cargado de una promesa silenciosa de protección mutua. Las manos de Hwa-jin se movieron con una urgencia controlada, acariciando la espalda de ella, subiendo por su cintura, memorizando cada curva como si fuera la primera vez. Para él, tocar a Han-rim era una necesidad vital, una forma de recordarse a sí mismo que era humano, que tenía algo precioso que cuidar más allá del deber.

Cuando finalmente se separaron, Hwa-jin mantuvo sus manos apoyadas en las caderas de ella, negándose a soltarla del todo.

—Está bien —dijo él, recuperando su compostura—. Pero esta noche, después del operativo, no quiero saber nada de la agencia. Solo tú, yo y esa cena que prometiste.

—Hecho, amor —respondió ella, arreglándole la solapa de la chaqueta—. Y quizás, si te portas muy bien, deje que me des uno de esos masajes en la espalda que tanto me gustan.

Hwa-jin sonrió, una sonrisa real que iluminó sus rasgos severos.

—Eso puedo garantizarlo.

Salieron de la oficina tomados de la mano, soltándose justo antes de que los demás agentes pudieran verlos, aunque el aura de complicidad que los rodeaba era tan evidente como el sol de mediodía.

El operativo en el internado fue, como era de esperar, un éxito rotundo. Mientras Han-rim desarmaba verbalmente al director en su despacho, grabando cada intento de soborno y cada amenaza con una cámara oculta, Hwa-jin y Geun-dae neutralizaban al equipo de seguridad privada que intentaba ocultar las pruebas físicas en el sótano.

Hubo un momento de tensión cuando uno de los guardias intentó abalanzarse sobre Han-rim en el pasillo, pero antes de que el hombre pudiera siquiera tocarla, la figura imponente de Hwa-jin apareció desde las sombras. Con un movimiento rápido y una fuerza que parecía sobrehumana, Hwa-jin interceptó al atacante, proyectándolo contra la pared con una eficiencia que dejó al hombre sin aliento.

Hwa-jin no se detuvo a comprobar el estado del agresor. Su prioridad era ella. En un segundo, estaba al lado de Han-rim, sus manos recorriendo sus hombros y sus brazos con una rapidez frenética.

—¿Estás herida? ¿Te ha tocado? —preguntó él, su voz cargada de una furia gélida dirigida al hombre en el suelo.

—Estoy bien, cielo —dijo Han-rim, poniendo una mano tranquilizadora en su pecho—. Ni siquiera llegó a acercarse. Tranquilo.

Hwa-jin exhaló un suspiro pesado, pero no retiró sus manos de ella. Se quedó allí, en medio del pasillo, rodeándola con sus brazos mientras los demás agentes terminaban de esposar a los sospechosos. No le importaba quién estuviera mirando. En ese momento, solo existía la necesidad de confirmar que su mundo seguía intacto.

—Buen trabajo, equipo —dijo Geun-dae, acercándose mientras se sacudía el polvo de la chaqueta—. Aunque, jefe, creo que ese tipo va a necesitar un dentista nuevo. Tienes que controlar esa mano derecha cuando tocan a tu chica.

Hwa-jin ignoró el comentario, limitándose a pasar un brazo por la cintura de Han-rim y guiarla hacia la salida.

—Vámonos de aquí —murmuró él al oído de ella—. Ya he tenido suficiente de este lugar.

Horas más tarde, sentados en el pequeño restaurante de barbacoa, la tensión del día se había disipado por completo. Hwa-jin, ya sin la chaqueta y con las mangas de la camisa remangadas, se encargaba de asar la carne con una precisión meticulosa. Sin embargo, incluso en ese momento de relax, su mano izquierda buscaba constantemente la rodilla de Han-rim por debajo de la mesa, o se estiraba para apartar un mechón de pelo de su rostro.

—¿Sabes, amor? —dijo Han-rim, saboreando un trozo de carne—. A veces me pregunto qué pensaría la gente si viera al "Gran Na Hwa-jin" siendo tan cariñoso. Perderías toda tu reputación de hombre de hielo.

Hwa-jin la miró, y la comisura de sus labios se elevó en un gesto de absoluta satisfacción.

—Mi reputación me importa muy poco si puedo tenerte así de cerca —respondió él, tomando la mano de ella y besando sus nudillos—. El mundo puede quedarse con el supervisor. Yo me quedo contigo.

Han-rim sintió que el corazón se le llenaba de una calidez que no tenía nada que ver con la comida o el ambiente del local. Miró al hombre frente a ella, al que una vez vio como un héroe inalcanzable y que ahora era su compañero de vida, su refugio y su mayor debilidad.

—Te quiero, solecito —susurró ella.

—Y yo a ti, mi vida —respondió él, apretando su mano con esa fuerza que ya no la asustaba, porque sabía que era el lazo más seguro que jamás tendría.

Mientras la ciudad seguía su curso fuera del restaurante, ellos permanecieron allí, en su burbuja de contacto y palabras dulces, dos guerreros que habían aprendido que la mayor victoria no era derrotar al enemigo, sino encontrar a alguien por quien valiera la pena deponer las armas y simplemente dejarse amar. Hwa-jin volvió a pasar su mano por el hombro de Han-rim, atrayéndola hacia él, y en ese gesto sencillo, todo lo demás desapareció. Solo quedaban ellos, el fuego de la parrilla y una promesa de eternidad escrita en cada caricia.